Entre la apuesta y el desafío: el primer largo del autor de El Padrino: Hallazgos y pifias, con predominio de los primeros.
Título original: Dementia 13
Año: 1963
Duración: 75 min.
País: Estados Unidos
Dirección: Francis Ford
Coppola
Guion: Francis Ford Coppola, Jack Hill
Música: Ronald Stein
Fotografía: Charles Hanawalt
(B&W)
Reparto: William Campbell, Luana Anders, Bart Patton, Mary Mitchel,
Patrick Magee, Eithne Dunn, Peter Read, Karl Schanzer, Ron Perry, Derry
O'Donavan, Barbara Dowling.
Después de rodar The young
racers, Roger Corman, para quien trabajaba Coppola como ayudante de dirección,
le dijo que le habían sobrado unos 20.000 dólares, y que los podía invertir en
una película «rápida», esto es, una semana de rodaje, con algunos de los
actores con los que Corman acababa de trabajar y en una localización cercana.
Coppola, supongo que desesperado por dirigir un largo, aceptó el desafío,
consiguió algo más de dinero y se lanzó a la aventura. Había de rodar una película
de terror y se puso a ello con la vehemencia y falta de prejuicios propia de su
relativa temprana edad, 24 años. Urdido en menos de 24 horas, el guion de la
historia respetaba escrupulosamente los códigos del cine de suspense y terror,
y Coppola lo rodó con un inicio deslumbrante: una toma cenital de un
embarcadero y un bote recortados, en blanco, sobre el agua oscura de un lago:
algo así como un cuadro abstracto. Los primeros compases, en los que una pareja
mal avenida, se pelea en torno a una futura herencia de la madre de él, con la
amenaza incluida, para ella, de que él, un cardiópata, si se muriera de un
ataque al corazón, la privaría de heredar ni un céntimo. Que es exactamente lo
que ocurre. Fuera por el exceso de remar o por lo que fuera, el caso es que él
cae fulminado en el bote. En vez de regresar a la orilla y pedir auxilio.
Decide hundir el cadáver en el lago y, con sigilo y astucia, generar una
coartada para justificar su ausencia, mediante un viaje rápido e inexcusable
que lo retendría durante un tiempo en Nueva York.
A partir de
entonces, todo se centra ya en la familia y en el castillo en el que habitan, en
cuyo estanque privado se ahogó la hija pequeña de la familia en la infancia, y
cuyo recuerdo sigue muy presente, lo que incluye una suerte de funeral
recordatorio que se celebra cada año. Enseguida aparece un personaje siniestro,
hacha en mano, que va provocando unas muertes por decapitación que se extienden
a la protagonista, por supuesto, quien, en un intento de generar la demencia en
la madre, a través de los objetos propios de la hija, acaba siendo acorralada y
ejecutada por el misterioso asesino cuya identidad permanece en secreto hasta
el final de la película, aunque, a modo de Mcguffin, aparece un extraño doctor,
Patrick Magee, hacia quien se dirigen todas las miradas inculpatorias o sospechosas.
Los dos hermanos que viven en el castillo, uno de ellos escultor, quien recibe
a su novia en él, recién llegada de Usamérica, parecen tener una participación
notable en la generación del suspense, porque nunca queda clara su relación con
la hermana fallecida.
La trama, ya se
advierte, quiere aprovecharse del «efecto Psicosis» de Hitchcock, e incluso
Corman, a quien le disgustó que Coppola no hubiera puesto más cadáveres en el
asador, rodó un preámbulo avisando del test que se había de pasar para, según
el resultado, poder ver la película sin riesgo para la salud. Muy exagerado
todo, como corresponde al mago del cine B, pero, por el camino, Coppola fue
capaz de rodar algunas secuencias brillantes, si bien todas ellas nocturnas,
porque en la serie B casi todo parece ocurrir en penumbras que alivian los
gastos de producción. Coppola define bien los personajes, disemina con astucia
las sospechas y se aprovecha de algunos actores cuya sola presencia, como la de
la madre, Eithne Dunne, cuya devoción/obsesión por la hija fallecida asume la
más genuina expresión de la perturbación psicológica. Se ha de poner el
énfasis, en esta película sin pretensiones, en la capacidad de crear una atmósfera
al servicio de una historia en la que la «demencia» parece afectar, de muy
diversas formas, a casi todos los personajes que forman parte de ella. El
castillo contribuye poderosamente a conseguir ese efecto de película de
asesinos crueles y sorprendentes en quienes los espectadores jamás piensan
durante el desarrollo de la historia. Si no hay castillo inglés o irlandés sin
su fantasma correspondiente; en este de Haloran se ha sumado a la fiesta un
asesino cuya motivación no conoceremos hasta el final.
Muy curioso, en
las potentes imágenes de la inmersión de la esposa del marido fallecido de
infarto, el cambio de prenda interior inferior, muy distinta dentro o fuera del
agua, aunque ello no quita para que esa secuencia de su asesinato y su paseo
por el césped de la explanada del castillo sea de lo más conseguido de la película,
que cumple suficientemente con su objetivo: crear un suspense y llegar hasta el
final sin que sea evidente, a pesar de alguna pista esparcida con antelación,
la autoría del malhechor. Otra cosa es que el desenlace esté a la altura de lo
que serían las expectativas razonables para una película tan modesta, pero lo
importante era el aprendizaje, imagino, lo cual convierte esta ópera prima en
una auténtica «rareza» en la carrera de quien inicio su andanza realizadora
como Francis Coppola, antes de añadir el Ford que todo amante del cine debería
de incorporar a su nombre, fuera cual fuese…
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