Para musical, pobre; para crónica social, inverosímil; para delirio étnico, un acierto. Una aproximación excesivamente condescendiente y periférica a la realidad mejicana.
Título original: Emilia
Pérez
Año: 2024
Duración: 132 min.
País: Francia
Dirección: Jacques Audiard
Guion: Jacques Audiard. Novela:
Boris Razon
Reparto: Zoe Saldaña; Karla
Sofía Gascón; Selena Gomez; Adriana Paz; Edgar Ramirez; Mark Ivanir; James
Gerard; Anabel Lopez; Eric Geynes; Stéphane Ly-Cuong; Eduardo Aladro; Emiliano
Hasan; Gaël Murguia-Fur; Tirso Pietriga; Magali Brito; Sébastien Fruit; Jarib
Zagoya; Xiomara Melissa Ahumada Quito.
Música: Clément Ducol,
Camille
Fotografía: Paul Guilhaume.
(A
mi amigo y cinéfilo apasionado Javier Arazola.)
No me
arrepiento de no haber ido al cine a verla, porque tuve la mala suerte de ver
en pantalla, como corte de promoción o como noticia, parte del número musical de
la clínica oriental de cambio de sexo y mi larga memoria del cine musical se
estremeció hasta quedar horrorizada. Posteriormente, tuve noticia de la «cancelación»
de la coprotagonista por ciertas expansiones de la opinión en X, y, para
rematar la lista de despropósitos solo me faltó leer la descalificación de la
lengua española: «el idioma español es de pobres, de
tercermundistas», lo cual, viniendo del hablante de un idioma como el francés,
en franca decadencia expansiva, suena más a resentimiento que a otra cosa, pero
allá cada cual con sus ignorancias y sus miserias intelectuales, de las que,
parece ser, nadie se libra.
Dado todo lo
anterior, el lector de esta crítica bien podría pensar que va a encontrarse con
un alud de descalificaciones, pero no es así, porque la película, a pesar de
sus muy serios déficits, funciona como relato, aunque muy alejado de la
realidad, de ahí que la haya calificado como un «delirio» narrativo. Y sí, se
percibe, de principio a fin, que Audiard es un cineasta espectacular, dueño de
un estilo muy personal que ya vimos funcionar espléndidamente en la maravillosa
Los hermanos Sisters, por no hablar de De óxido y hierro u otras,
menos populares, pero muy impactantes, como Dheepan. ¿Cuál es, pues, mi
desencuentro con la película, que, repito, se ve con placer a pesar de todos
los reparos? Principalmente, el deliberado alejamiento de la realidad para
potenciar esa inverosímil línea narrativa del cambio de sexo. Aunque Gascón
maquillado de hombre violento y peligroso resulta excesivamente blando, no es
menos cierto que, como mujer, resulta demasiado varonil, y, entre ambos
personajes, me parece que funciona mejor el primero que el segundo, aunque la
selección de la actriz que hace de su mujer, Selena Gómez, con un castellano un
poco al estilo del «atejanado» de Aznar en su visita al rancho de Bush, parece
una elección plenamente fallida, y no tanto por la interpretación en sí,
bastante digna, cuanto por el acento, eso a lo que las películas usamericanas
son tan sensibles, pero a Audiard parece haberle importado un pimiento el nivel
de verosimilitud mínimo que exige describir una situación real, dado que la
película es netamente española, lingüísticamente hablando.
Como quienes tenían
que ir a verla ya lo habrán hecho, y lo que no piensan hacerlo tanto les da, me
voy a permitir chafar algo de lo que serían sorpresas del guion, y empiezo por la
ridícula conversión a la santidad de la protagonista, defensora de los
humillados, cuya estatua virginal se pasea en procesión por las calles de Méjico,
y que veo, propiamente, como un insulto, producto del desinterés por la
realidad que quiere describir, a los ciudadanos mejicanos, de quienes no se
desprende en la película una impresión muy favorable, que se diga.
La película es
musical, y en esta condición de musical está claro que la suspensión de la
narración para intercalar los números musicales forma parte de la historia del
género, aunque los mejores suelen trabar historia y números algo más de lo que
aquí se hace, aunque contribuyen, eso sí, al desarrollo de la narración, como
en el impactante primer número de Zoe Saldaña mientras escribe el alegato final
de un juicio para el abogado para quien trabaja. Y sí, el trabajo de Saldaña era
merecedor del Oscar, en dura competencia con Demi Moore, a la que perjudicó el
disparatado final que sirvió, sin embargo, para otro Oscar, el concedido al
mejor maquillaje. Saldaña, a quien veo por primera vez, no es actriz que entre
por los ojos con facilidad, pero reconozco que hace un papelón de primera y que
tiene una excelente voz, con muchos matices. Algo que no sucede con Gascón, a
quien, en algún número musical, como el de la presentación de los premios, se
le escapan timbres más propios de varón que de mujer.
Me temo que el
intento de acercarse a una realidad tan dolorosa como las crueles ejecuciones
de los narcotraficantes y los desaparecidos, un problema que ningún gobierno mejicano ha sabido atajar hasta la fecha, en parte porque las fuerzas policiales y militares
están infiltradas por esos «señores de la corrupción» que son los narcos, no
acaba de coger vuelo, y en ello tiene
mucho que ver lo mal que funciona la «conversión» sexual del protagonista,
cuyas maneras «trans» son demasiado obvias como para que sea aceptada
socialmente sin la más mínima reserva por la sociedad mejicana, que
contemplaría, agradecida, sus desvelos por las víctimas de esos carteles como
el que ella dirigió en su primera vida. La historia del joven grandullón que se
siente mujer desde niño exige, como le pareció a Boyero, cuando la vio, una «petición
de principio» muy difícil de aceptar, y estoy de acuerdo con él, aunque, insisto,
a mí Gascón me ha convencido más en esa primera vida como cartelista despótico
y cruel que como «neodamisela de ropero», permítaseme la licencia…
El ritmo y la
fotografía, además de una puesta en escena impecable, contribuyen lo suyo a
disfrutar del visionado, aunque se tarda mucho en que emerja la «bestia» que
hay en el transformado para defender la relación con sus hijos. En ese punto es
cuando descubrimos que la dialéctica de un tema clásico, como el de «la bella y
la bestia», se resuelve en el interior del mismo personaje, el cartelista y la
redentora. Y ahí, lo confieso, la narración cojea bastante. De hecho, resulta
desconcertante que la mujer no intuya ni de lejos que en la prima Emilia hay un
rastro inequívoco de su marido, pero ya se sabe que los personajes intuye lo que exige el guion, por supuesto…
Musicalmente, la película es muy desigual y aunque la cámara se mueve con soltura por
coreografías que tampoco son nada del otro mundo, hay momentos en que las
canciones y la realidad parecen casarse felizmente, como en la entrevista con el
doctor israelí, en la que el diálogo, «Lady, Doctor», señala los
dos polos del cambio de sexo: genéticamente, el varón siempre será varón;
sociológicamente, cambiar de sexo cambia toda la vida de una persona y, en
parte de la sociedad (que la acepta, claro…). O cuando los dos esposos, durante
la operación de venganza de la mujer, rememoran su enamoramiento, uno de los
mejores momentos de la película, que transcurre, además, en una secuencia llena
de odio y violencia.
Pero me callo,
no sea que haya despertado la curiosidad de alguien…
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