domingo, 30 de marzo de 2025

«Emilia Pérez», de Jacques Audiard o un delirio bien dirigido.

 

Para musical, pobre; para crónica social, inverosímil; para delirio étnico, un acierto. Una aproximación excesivamente condescendiente y periférica a la realidad mejicana.

 


Título original: Emilia Pérez

Año: 2024

Duración: 132 min.

País:  Francia

Dirección: Jacques Audiard

Guion: Jacques Audiard. Novela: Boris Razon

Reparto: Zoe Saldaña; Karla Sofía Gascón; Selena Gomez; Adriana Paz; Edgar Ramirez; Mark Ivanir; James Gerard; Anabel Lopez; Eric Geynes; Stéphane Ly-Cuong; Eduardo Aladro; Emiliano Hasan; Gaël Murguia-Fur; Tirso Pietriga; Magali Brito; Sébastien Fruit; Jarib Zagoya; Xiomara Melissa Ahumada Quito.

Música: Clément Ducol, Camille

Fotografía: Paul Guilhaume.

 

                                                                               (A mi amigo y cinéfilo apasionado Javier Arazola.)

 

          No me arrepiento de no haber ido al cine a verla, porque tuve la mala suerte de ver en pantalla, como corte de promoción o como noticia, parte del número musical de la clínica oriental de cambio de sexo y mi larga memoria del cine musical se estremeció hasta quedar horrorizada. Posteriormente, tuve noticia de la «cancelación» de la coprotagonista por ciertas expansiones de la opinión en X, y, para rematar la lista de despropósitos solo me faltó leer la descalificación de la lengua  española:  «el idioma español es de pobres, de tercermundistas», lo cual, viniendo del hablante de un idioma como el francés, en franca decadencia expansiva, suena más a resentimiento que a otra cosa, pero allá cada cual con sus ignorancias y sus miserias intelectuales, de las que, parece ser, nadie se libra.

          Dado todo lo anterior, el lector de esta crítica bien podría pensar que va a encontrarse con un alud de descalificaciones, pero no es así, porque la película, a pesar de sus muy serios déficits, funciona como relato, aunque muy alejado de la realidad, de ahí que la haya calificado como un «delirio» narrativo. Y sí, se percibe, de principio a fin, que Audiard es un cineasta espectacular, dueño de un estilo muy personal que ya vimos funcionar espléndidamente en la maravillosa Los hermanos Sisters, por no hablar de De óxido y hierro u otras, menos populares, pero muy impactantes, como Dheepan. ¿Cuál es, pues, mi desencuentro con la película, que, repito, se ve con placer a pesar de todos los reparos? Principalmente, el deliberado alejamiento de la realidad para potenciar esa inverosímil línea narrativa del cambio de sexo. Aunque Gascón maquillado de hombre violento y peligroso resulta excesivamente blando, no es menos cierto que, como mujer, resulta demasiado varonil, y, entre ambos personajes, me parece que funciona mejor el primero que el segundo, aunque la selección de la actriz que hace de su mujer, Selena Gómez, con un castellano un poco al estilo del «atejanado» de Aznar en su visita al rancho de Bush, parece una elección plenamente fallida, y no tanto por la interpretación en sí, bastante digna, cuanto por el acento, eso a lo que las películas usamericanas son tan sensibles, pero a Audiard parece haberle importado un pimiento el nivel de verosimilitud mínimo que exige describir una situación real, dado que la película es netamente española, lingüísticamente hablando.

          Como quienes tenían que ir a verla ya lo habrán hecho, y lo que no piensan hacerlo tanto les da, me voy a permitir chafar algo de lo que serían sorpresas del guion, y empiezo por la ridícula conversión a la santidad de la protagonista, defensora de los humillados, cuya estatua virginal se pasea en procesión por las calles de Méjico, y que veo, propiamente, como un insulto, producto del desinterés por la realidad que quiere describir, a los ciudadanos mejicanos, de quienes no se desprende en la película una impresión muy favorable, que se diga.

          La película es musical, y en esta condición de musical está claro que la suspensión de la narración para intercalar los números musicales forma parte de la historia del género, aunque los mejores suelen trabar historia y números algo más de lo que aquí se hace, aunque contribuyen, eso sí, al desarrollo de la narración, como en el impactante primer número de Zoe Saldaña mientras escribe el alegato final de un juicio para el abogado para quien trabaja. Y sí, el trabajo de Saldaña era merecedor del Oscar, en dura competencia con Demi Moore, a la que perjudicó el disparatado final que sirvió, sin embargo, para otro Oscar, el concedido al mejor maquillaje. Saldaña, a quien veo por primera vez, no es actriz que entre por los ojos con facilidad, pero reconozco que hace un papelón de primera y que tiene una excelente voz, con muchos matices. Algo que no sucede con Gascón, a quien, en algún número musical, como el de la presentación de los premios, se le escapan timbres más propios de varón que de mujer.

          Me temo que el intento de acercarse a una realidad tan dolorosa como las crueles ejecuciones de los narcotraficantes y los desaparecidos, un problema que ningún gobierno mejicano ha sabido atajar hasta la fecha, en parte porque las fuerzas policiales y militares están infiltradas por esos «señores de la corrupción» que son los narcos, no acaba de  coger vuelo, y en ello tiene mucho que ver lo mal que funciona la «conversión» sexual del protagonista, cuyas maneras «trans» son demasiado obvias como para que sea aceptada socialmente sin la más mínima reserva por la sociedad mejicana, que contemplaría, agradecida, sus desvelos por las víctimas de esos carteles como el que ella dirigió en su primera vida. La historia del joven grandullón que se siente mujer desde niño exige, como le pareció a Boyero, cuando la vio, una «petición de principio» muy difícil de aceptar, y estoy de acuerdo con él, aunque, insisto, a mí Gascón me ha convencido más en esa primera vida como cartelista despótico y cruel que como «neodamisela de ropero», permítaseme la licencia…

          El ritmo y la fotografía, además de una puesta en escena impecable, contribuyen lo suyo a disfrutar del visionado, aunque se tarda mucho en que emerja la «bestia» que hay en el transformado para defender la relación con sus hijos. En ese punto es cuando descubrimos que la dialéctica de un tema clásico, como el de «la bella y la bestia», se resuelve en el interior del mismo personaje, el cartelista y la redentora. Y ahí, lo confieso, la narración cojea bastante. De hecho, resulta desconcertante que la mujer no intuya ni de lejos que en la prima Emilia hay un rastro inequívoco de su marido, pero ya se sabe que los personajes intuye  lo que exige el guion, por supuesto…

          Musicalmente, la película es muy desigual y aunque la cámara se mueve con soltura por coreografías que tampoco son nada del otro mundo, hay momentos en que las canciones y la realidad parecen casarse felizmente, como en la entrevista con el doctor israelí, en la que el diálogo, «Lady, Doctor», señala los dos polos del cambio de sexo: genéticamente, el varón siempre será varón; sociológicamente, cambiar de sexo cambia toda la vida de una persona y, en parte de la sociedad (que la acepta, claro…). O cuando los dos esposos, durante la operación de venganza de la mujer, rememoran su enamoramiento, uno de los mejores momentos de la película, que transcurre, además, en una secuencia llena de odio y violencia.

          Pero me callo, no sea que haya despertado la curiosidad de alguien…

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