viernes, 19 de noviembre de 2021

«La loba», de William Wyler y «La otra cara del bosque», de Michael Gordon una misma historia en dos tiempos distintos.

 

Título original: The Little Foxes

Año: 1941

Duración: 116 min.

País: Estados Unidos

Dirección: William Wyler

Guion: Lillian Hellman. Obra: Lillian Hellman

Música: Meredith Willson

Fotografía: Gregg Toland (B&W)

Reparto: Bette Davis, Teresa Wright, Herbert Marshall, Patricia Collinge, Carl Benton Reid, Richard Carlson, Russell Hicks, Charles Dingle, Lucien Littlefield, Hooper Atchley, Dan Duryea, Al Bridge, Charles R. Moore, Tex Driscoll, Lew Kelly, John Marriott.

 

Título original: Another Part of the Forest

Año: 1948

Duración: 107 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Michael Gordon

Guion: Vladimir Pozner. Obra: Lillian Hellman

Música: Daniele Amfitheatrof

Fotografía: Hal Mohr (B&W)

Reparto: Fredric March, Dan Duryea, Edmond O'Brien, Ann Blyth, Florence Eldridge, John Dall, Dona Drake, Betsy Blair, Fritz Leiber, Whit Bissell, Don Beddoe.

 

Los bajos instintos y la descomunal avaricia en el deep south usamericano: una historia de Lillian Hellman adaptada a la pantalla por ella misma y, en la «precuela», por Vladimir Pozner: dos cumbres del melodrama para el mejor programa doble.    

 

Como desconocía la existencia de la segunda, La otra cara del bosque, la vimos no solo porque aparecían actores tan reputados como Fredric March, Dan Duryea, Edmond O’Brien o Betsy Blair, entre otros, sino también porque la dirige Michael Gordon, autor de un auténtico clásico ignorado: El secreto de Convict Lake, o de comedias tan perfectas como Confidencias de medianoche, y ahí se me generó una confusión tremenda, porque, no recordando la fecha de La loba, creí que esta había sido rodada con posterioridad, cuando fue al revés y esta es una «precuela» de la primera, aunque ambas basadas en obras de la misma autora Lillian Hellman, la primera con guion de ella y la segunda con una exquisita  adaptación escrita por Vladimir Pozner (con quien nada tengo que ver, aunque nada me importaría...).

 El dicho nos avisa de que «segundas partes…», pero pierdan los lectores de estas líneas, y futuros espectadores de una brillante película, cualquier recelo que pudieran tener, porque esta «precuela» está a la altura temática y estilística de la primera. Sí, es cierto que Bette Davis es mucha Bette Davis, pero esta evocación de la juventud de los hermanos en la que el padre de los tres tiene un papel principalísimo, nos deja la  actuación estelar de un bandido ilustrado encarnado excepcionalmente por Fredric March. Dada mi confusión, les rogaría a los espectadores que las vieran en el orden cronológico de rodaje. Primero La loba y, después de su vil presente, la indagación en su vil pasado, La otra cara del bosque, en la que Michael Gordon consigue unos resultados que parecen estimulados por la maravillosa realización de Wyler, con quien comparte un buen número de picados y contrapicados en los dos espacios de la casa, en interiores y, en este caso, también en el exterior, como una de las magníficas secuencias finales, cuando el primogénito, bajo amenazas de revelar el oscuro pasado de estraperlista del padre, acaba consiguiendo quedarse con su negocio, en el que el desalmado hijo es un simple empleado, como su hermano, miembro, además, del incipiente en aquellos años Ku-klux-Klan. En esta «precuela» solo un actor «repite», mi muy admirado Dan Duryea, quien, en una suerte de guiño a los complacidos espectadores de la primera, La loba,  hace de hijo tonto del hijo tonto que encarna en La otra cara del bosque, en ambos casos con una propiedad absoluta y un resultado a la altura de su encomiable capacidad interpretativa, si bien con la diferencia notable de que en La loba aquella inmensa tontería de la juventud se transforma en una madure avinagrada, con maltrato físico incluido a su mujer, quien adquiere un protagonismo que eclipsa al personaje de su marido, quien, con todo, es considerado un imbécil por sus hermanos, quienes, cuando deciden cómo se repartirán los porcentajes de la ganancia de la inversión con un capitalista del Este para el negocio que se traen entre manos, lo dejan a él con un exiguo 20%, aunque con la inconsistente promesa de «emparentar», a través de su hijo tonto, con la familia de Regina, propietaria de un banco.

         La otra cara del bosque es una historia coral en la que los personajes principales de la familia Hubbard son movidos por el egoísmo más primitivo y siempre desconsiderado. La lucha de un padre, que ha sabido conjugar el trabajo duro con la educación nocturna, de tal manera que lee en latín y en griego a los clásicos, con sus dos hijos sin luces y una persuasiva hija altamente sexualizada, aunque uno de ellos, el primogénito, con una fortísima ambición, va a desarrollar ante nuestros ojos un drama en  el que la situación inicial acabará girando 180º ante la indiferencia de una madre que, maltratada y ninguneada por el esposo, ve con horror que tampoco puede apoyarse en unos hijos tan abyectos que solo se ponen de acuerdo, hasta cierto punto, para desposeer al padre de sus bienes. Se trata de una historia sórdida y pasional en la que salvo la madre, los sirvientes y la hermana del prometido de la hija, que busca un préstamo del patriarca Hubbard para subsistir sin tener que hipotecar o vender su mansión y sus tierras, el resto de los personajes hacen imposible la más mínima empatía con ellos, dada la perfecta representación de la perversidad que los habita. Un drama de tales características se ha de fundamentar, para que el espectador asienta a lo que ocurre, en interpretaciones de altísima calidad, y es lo que Michael Gordon sabe extraer de su reparto. El resto ya lo pone él a través de unos planos y un movimiento de la cámara que nos retratan hasta los tuétanos esa piara de maldades que son los hermanos Hubbard.

         La loba, por su parte, apenas necesita crítica alguna, porque imagino que se trata de una de esas películas que todos tienen bien presente en su memoria. Desaparecido el padre, fundamental en la juventud de los tres hermanos, aquí los zorritos (The Little foxes en el original) se alían para desvalijar al marido y cuñado respectivamente, de modo que puedan hacer el gran negocio de su vida explotando a los obreros con el salario más bajo de los alrededores. La promesa de un matrimonio entre el nieto tonto y la hija dulce, tierna, hermosa e ingenua de la malvada Regina Hubbard, con que quieren compensar al hermano tonto de la primera, hallará aquí una enemiga a la altura de la propia Bette Davis, su cuñada Birdie, quien se opone a ese matrimonio que, por supuesto, hace reír ala hija de Regina, Alexandra, quien está enamorada de un periodista soñador y rebelde, con quien tiene, cuando la despide en la estación, una escena memorable. Ahora que menciona esta secuencia, caigo en la cuenta de que, mientras veía ambas películas, pero especialmente La loba, pensaba mucho en las abundantes similitudes de ambientación, tono, estilo e incluso retratos de los principales personajes, con la obra de Ford dedicada a la vida del Sur usamericano. El comienzo de La loba, por ejemplo, recuerda mucho el de El sol siempre brilla en Kentucky, por ejemplo, una de las mejores películas de Ford nunca reconocida como tal.

         Birdie, esposa maltratada de Óscar, el hermano tonto entre los tres, tiene una secuencia, la de la confesión de su alcoholismo, en el que se refugia de las adversidades con las que ha convivir a diario, que tiene la virtud de comenzar a abrirle los ojos a Alexandra. El espíritu sensible y cultivado de Birdie es un trasunto, en esta mezcla de características entre los personajes de las dos películas, de la esposa del padre en la precuela: ambas nos muestran el lado positivo de la vida cuando la sensibilidad la gobierna, y tiene su más alta recompensa cuando en la cena con el capitalista que se va a aliar con los tres hermanos es a ella a quien le dedica las mas delicadas atenciones, ante la sorpresa de su rudo y violento marido.

En cualquier caso, el carácter sensual de la Regina de la precuela, que no duda en coquetear con su propio padre para conseguir sus fines, se ha convertido en La loba, en el retrato de una mujer a la que solo mueve el interés por el dinero y una posición que muy probablemente de nada le sirva cuando… ¡bueno, y quién ignora que uno de los momentos cumbre de la película es cuando ella deja morir a su marido enfermo!, para nada le sirva al quedarse sola y más que sola, sin el consuelo de «dirigir» el destino de una hija que, horrorizada, se aleja de su lado nada más comprobar hasta dónde llega la maldad diabólica de su madre… A este respecto, ¡qué sabia Hellman al incluir en la «precuela» la maldición que arroja contra el hijo que se lo roba todo: «vivirás eternamente solo», que en La loba sigue vigente, porque el hermano mayor sigue soltero, pero a quien se dirigía era a quien representa la maldad absoluta, en este caso la hija, Regina, en quien se cumple aquella maldición.

         No he llegado a tanto como a ponerme las dos películas en dos pantallas al mismo tiempo, pero hay una unidad de realización entre ambas que les confieren un aire de familia que trasciende el origen teatral de ambos textos, como si Michael Gordon hubiera querido rendir un entrañable homenaje de admiración a William Wyler, por más que fuera coetáneo suyo,  ¡y a fe que lo ha conseguido!

         En todo caso, conviene alertar a los espectadores para que vean con mucha atención una secuencia inmortal: la del afeitado conjunto del padre y el hijo, cuando este revela los bonos que su tío guarda en la caja fuerte del banco donde ha sido empleado por estricta caridad, porque esa  muestra inequívoca de gran cine.

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