domingo, 28 de junio de 2020

«Las hermanas de Gion» e «Historia del último crisantemo» de Kenji Mizoguchi, un capítulo indispensable en la historia del Séptimo Arte.



El mundo entre idílico y marginal de las geishas y una de las grandes historias de amor de la Historia del cine.

Título original: Gion no shimai
Año: 1936
Duración: 69 min.
País:  Japón
Dirección: Kenji Mizoguchi
Guion: Kenji Mizoguchi, Yoshikata Yoda (Novela: Aleksandr Kuprin)
Fotografía: Minoru Miki (B&W)
Reparto: Isuzu Yamada, Yôko Umemura, Benkei Shiganoya, Eitarô Shindô, Taizô Fukami, Fumio Okura, Namiko Kawajima, Reiko Aoi


Título original:  Zangiku monogatari
Año: 1939
Duración: 143 min.
País: Japón
Dirección: Kenji Mizoguchi
Guion: Yoshikata Yoda
Música: Senji Ito, Shiro Fukai
Fotografía: Minoru Miki, Yozo Fuji (B&W)
Reparto: Shotaro Hanayagi, Kakuko Mori, Kôkichi Takada, Yôko Umemura, Tokusaburo Arashi, Gonjuro Kawarazaki, Nobuko Fushimi, Kikuko Hanaoka.

Historia del último crisantemo pasa por ser una de las obras imprescindibles del séptimo arte, y es muy probable que quienes lean estas líneas la hayan visto, incluso más de una vez. Quería revisitarla, al encontrarla en Filmin, pero la he acompañado con Las hermanas de Gion, una realización anterior y con una historia centrada en un tema «escabroso» como el de las geishas y sus «protectores», si bien ha de aclararse que, aunque sobreentendida, en modo alguno esa relación de protección había de incluir relaciones sexuales. Se trataba de una cuestión de estatus, poder permitirse, o no, tener una geisha «particular». Recordemos que el arte supremo de la geisha es entretener, y con el mayor sentido artístico y el mayor refinamiento en los modales. En la película, que comienza con la ruina de un vendedor de antigüedades -luego se sabrá que muchas de ellas eran falsas-, pronto descubrimos que la verdadera historia es la que enfrenta a dos hermanas geishas pobres que viven en “el barrio del placer” en la ciudad de Kioto. El arruinado protector de la hermana mayor decide instalarse en su casa, porque, tras la quiebra del negocio, decide separarse de su mujer, a quien no parece soportar. La película nos muestra las dificultades para sobrevivir que padecen ambas hermanas, si bien la pequeña, que se estrena en el metraje con una declaración protofeminista: «Los hombres son nuestros enemigos. Los hombres son odiosos», muestra una actitud en todo lo referente a su profesión de geisha muy distinta de la aceptación sumisa de los hombres que tiene la hermana mayor. La diferencia ella misma la establece: «Las que hemos ido a la escuela antes de convertirnos en geisha», como ella, ven el negocio y en modo alguno se extralimitan en él guiadas, como ahora su hermana, por los «buenos sentimientos». Si su protector la ayudó a ella a convertirse en geisha, ella, según su hermana rebelde, la geisha rebelde, ya se lo ha pagado con creces.
         El cine oriental tiene un ritmo de vida cotidiana que no tiene nada que ver con el nuestro. Después de ver ambas películas, sobre todo Historia del último crisantemo, me dio por pensar que las vestiduras tradicionales japonesas, tanto para hombre como para mujer, parecían diseñadas para evitar la «prisa», la verdadera enfermedad occidental; que esos pasitos cortos que dan todos al caminar son algo así como el freno de la sabiduría al atrevimiento, a la osadía de la ignorancia o la vehemencia; amén de una manera ingeniosa para fomentar la convivencia. El estatismo, los protocolos, los rituales, la parsimonia, en definitiva, con que se realizan los más mínimos actos de la vida cotidiana, amén de las reverencias y las cortesías de todo tipo que intercambian a cada momento, dotan a las películas tanto de Mizogouchi, como a las de Ozu, como a algunas de Kurosawa, de un tempo que nos reconcilia con la dimensión humana de «lo que sucede». Y parece que ocurran pocas cosas en tales películas, pero la intensidad de ciertas historias nos desmiente en el acto. El enfrentamiento entre dos maneras de tratar a los hombres por parte de ambas hermanas va a manifestarse, sobre todo, con el engaño de que es víctima un vendedor de kimonos cuando la hermana pequeña le pide, con la promesa explícita de un encuentro sexual, que le regale uno para su hermana, que lo necesita para un trabajo importante, porque puede encontrar un «protector» rico que las ayudaría a defenderse económicamente. Por una jugada de carambola, el empleado es descubierto por el jefe quien, tras conocer a la hermana mayor, decide convertirse en su «protector». Es muy notable la objetividad descarnada con la que Mizogouchi trata un tema tan polémico, porque las geishas -que fueron hombres en sus inicios- están rodeadas en Japón de un halo de misterio que parece apartarlas de cualquier reflexión serena que ponga en claro su función social. Son una profesión en decadencia, pero, al tiempo, por el turismo, una realidad de la que no puede prescindirse, a pesar de las maldiciones hacia la profesión que entona la hermana menor; pero es justo y necesario que vean la película para saber por qué, aparte de lo ya dicho…
         La Historia del último crisantemo es, sin ningún género de dudas, una de las grandes películas románticas de la Historia del cine. La historia gira en torno al teatro Kabuki y, desde el comienzo, advertimos que el gran actor del momento en ese tipo de teatro, tiene un hijo adoptivo que trabaja con él y que, sencillamente, «no da la talla» como actor en la compañía de su padre, a pesar de los elogios de los sirvientes de la familia que quieren convencerlo de lo contrario. Kikonosuke tiene, accidentalmente, una conversación con la niñera de su hermano pequeño, quien le reconoce lo que los demás le niegan: que sus actuaciones dejan mucho que desear y que lo que necesita es estudiar y trabajar mucho para convertirse en un verdadero primer actor. A la madre adoptiva no le gusta la influencia que Otoku, la nodriza, comienza a tener sobre su hijo y decide despedirla. A este respecto, conviene recordar la escena de los dos «amigos en camino de ser enamorados», a pesar de su distancia social, en la cocina de la casa, partiendo y comiendo una sandía, para percatarnos de cómo progresa la acción a través de los minúsculos actos de la vida cotidiana. Esas conversaciones nocturnas, por ejemplo, las ha rodado Mizogouchi con una cámara que seguía a los personajes desde debajo de sus pies, en una suerte de contrapicado atrevido, como si anduvieran por in piso superior y los filmara desde el inferior, asomándose, con curiosidad, a sus vidas, ajenas por completo a la posibilidad de ser visto u oídos. Una vez se entera de que Otoku ha sido despedida, Kikonosuke decide renunciar a su familia, irse de casa y tratar de labrarse un nombre propio sin la influencia de su padre. Decide ir en busca de Otoku y cuando finalmente la halla, vive con ella y comienza un largo camino para convertirse en el actor que quiere ser. Su principal ayuda es siempre Otoku, quien siente que toda su vida no tiene otro objetivo que conseguir que Kikonosuke alcance su deseo de ser un gran actor, reconocido socialmente. Aún tendrá que pasar por la humillación del fracaso en otra compañía, antes de que le llegue una oferta para entrar en una compañía en la que poder formarse con sólidas expectativas, cuando él daba ya por perdida irremediablemente su vocación de actor. Como duda entre seguir con Otoku o aceptar, Otoku decide desaparecer de su vida en un gesto de abnegación absoluta en favor de su amado. Cuando, finalmente, Kikonosuke triunfa y su padre lo perdona, y se ha reincorporado a su compañía, esta recibe la invitación para ir a Osaka, y tras el primer estreno triunfal, el padre de Otoku se le acerca, violentando la decisión de su hija, y le comunica que está seriamente enferma… No es que el romanticismo no haya hecho acto de presencia en la hermosa relación entre ambos jóvenes, sino que camino del desenlace estallará en una apoteosis muy difícil de olvidar. Mutatis mutandis, Verdi quiso ponerle música a ese sentimiento y escribió una de las joyas absolutas de la Historia de la ópera, La Traviata. Con esta referencia musical tendrá el espectador una clara idea del amor sublime que Mizogouchi nos describe con un pudor exquisito.
         La farándula siempre ha sido motivo fílmico, y ahí está esa joya que es también Viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán Gómez, por poner un ejemplo cercano; pero el teatro oriental, cuyos códigos son tan distintos de los nuestros, nos ofrece un campo misterioso de exploración que Mizogouchi despliega ante nosotros con delicada sabiduría, teatral y fílmica, y conocemos el teatro por de dentro y las pasiones que se agitan tras las bambalinas, y, además, la historia de un gran fracaso que parece ser, también, un fracaso vital, pero el amor, siempre oportuno, impide que lo peor suceda…, pero aquí lo quiero dejar para que el espectador se adentre, con una mirada purificada en una de las grandes historias de amor de la Historia del cine.


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