viernes, 27 de febrero de 2026

«Barravento», «Dios y el diablo en la tierra del sol» «Antonio das Mortes» y «El león de siete cabezas, un acercamiento al discutido padre del «Cinema Novo» brasileño, Glauber Rocha.

 

Título original: Barravento

Año: 1962

Duración: 81 min.

País:  Brasil

Dirección:Glauber Rocha

Guion: Glauber Rocha, Luiz Paulino Dos Santos, Jose Teles

Reparto: Antonio Pitanga; Luiza Maranhão; Lucy de Carvalho; Aldo Teixeira; Lidio Silva; Edmundo Albuquerque; Francisco dos Santos Brito; Hélio de Oliveira; Antônio Carlos dos Santos.

Música: Canjiquinha

Fotografía: Tony Rabatoni (B&W).

 


Título original: Deus e o Diabo na Terra do Sol

Año: 1964

Duración: 120 min.

País:  Brasil

Dirección: Glauber Rocha

Guion: Glauber Rocha

Reparto: Geraldo Del Rey:

Actor: Yoná Magalhães; Othon Bastos: Maurício do Valle; Lidio Silva; Sonia Dos Humildes; João Gama;

Antônio Pinto; Milton Rosa; Roque Santos.

Música: Sérgio Ricardo

Fotografía: Waldemar Lima (B&W).

 





Título original: O Dragao da maldade contra o santo guerreiro (Antonio das Mortes)

Año: 1969

Duración: 99 min.

País:  Brasil

Dirección: Glauber Rocha

Guion: Glauber Rocha

Reparto: Maurício do Valle; Odete Lara; Othon Bastos; Hugo Carvana; Joffre Soares; Rosa Maria Penna; Lorival Pariz.

Música: Carlos Nobre

Fotografía: Affonso Beato.

 








Título original: O Leão de Sete Cabeças

Año: 1970

Duración: 103 min.

País: Francia

Dirección: Glauber Rocha

Guion: Glauber Rocha

Reparto: Baiack; Aldo Bixio; Giulio Brogi; Hugo Carvana; Segolo Dia Manungu; Reinhard Kolldehoff; Jean-Pierre Léaud; Pascal Nzonzi; Rosa Maria Penna; Rada Rassimov.

Música: Baden Powell

Fotografía: Guido Cosulich.

 

La ópera prima primitivista de Glauber Rocha, dos  ensayos de cine antropolisimbólico y una interpretación libérrima del colonialismo y el anticolonialismo en África: un cuarteto de muy desigual fortuna.

 

          Glauber Rocha, bien lo recuerdo, se nos apareció en los cines de Arte y Ensayo durante el franquismo como el no va más del cine contestatario y libre de la Sudamérica oprimida por las botas de las dictaduras. Incluso se acuñó lo del «Cinema Novo» para que compitiera con otros movimientos cinematográficos como el Free Cinema británico, la Nouvelle Vague francesa o el Neorrealismo italiano. No he escogido Cabezas cortadas para revisitarla porque en Filmin solo me ofrecían las aquí consignadas, a pesar de que aquella tuvo más repercusión en España por la participación de Paco Rabal.

          La ópera prima de Rocha fija con bastante nitidez las preocupaciones temáticas y estilísticas del director ―a expensas, claro, de cómo sean sus dos cortometrajes anteriores, aunque él mismo renegó de la estética de ambos―, si bien para su debut escogió la comunidad negra de un pueblo costero y un mundo, el de la religión animista de raíces africanas, que condiciona en buena medida el desarrollo de la acción. Todo parece gobernarlo la mediadora entre los espíritus y la realidad muy adversa de las personas. En ese contexto de sumisión religiosa y sumisión laboral como pescadores al patrón blanco que les exige más y mejor pesca, pero que no los provee de nuevas redes, se erige la contrafigura de un negro que ha vivido en la ciudad y que los anima a rebelarse contra el hombre blanco y su explotación. La película se estructura en torno a numerosas composiciones musicales que reflejan el modo de vivir y cantar de la comunidad de pescadores y cómo se va destacando la rivalidad entre el cabecilla de los pescadores, el «liberado» y una mujer que oscila entre ambos. La escenificación de bailes a través de los cuales se muestran los conflictos forma parte de lo que, a simple vista, bien pudiera considerarse más un documento antropológico que una ficción narrativa. La realización, sin embargo, en un muy contrastado blanco y negro, en unas playas que son marco de una extraordinaria dureza laboral, lo que en ningún momento da pie a verlas como escenario de hedonismo ninguno, y con muy escasos interiores que tienen que ver con la cabaña donde se verifican los hechizos y otras artes mágicas perfectamente ilustradas a través de la posesión de una joven blanca cuyo padre muere en el mar, quien se convierte en novicia, por llamarla de alguna manera, de la institución religiosa que voluntariamente aceptan los miembros de la comunidad. La película es intensa, y las pasiones afloran con cierto dramatismo, pero hay una suerte de interpretación ritualizada que parece querer privar a la narración de su dimensión realista, y ahí es donde entra la predicación liberadora del hombre de ciudad, el único trajeado entre ellos, una suerte de agitador revolucionario que predica la rebelión contra el hombre blanco y su explotación, aunque acabe confesando que a él, en la ciudad, no le han ido muy bien las cosas y que si ahora anda por el pueblo donde nació es para no ser encontrado por la policía.

          Dios y el diablo en la tierra del sol y Antonio Das Mortes, cuyo título real es O Dragao da maldade contra o santo Guerreiro, forman un ciclo de dos películas que giran en torno a las bandas rebeldes que luchan contra los terratenientes y las autoridades, los cangaceiros, en el nordeste de Brasil, la zona conocida como sertão, un secarral solo apto para el pastoreo de rebaños y poco más. En ese marco florecen las partidas de bandoleros como los famosos Lampião  y Corisco, entre otros. Frente a ellos emergerá la figura trágica del cazarrecompensas, Antonio das Mortes.  Los bandidos presentan una iconografía muy particular, con atuendos de corte militar y sombreros adornados con monedas colgantes, además de llevar dos cananas cruzadas sobre el pecho, que es lo que les da nombre, a imitación del atalaje de los bueyes, cangazo. La primera tiene una estética muy distinta de la segunda, porque se ciñe más a un desarrollo que acerca la historia al neorrealismo: un vaquero que ha perdido varias vacas a causa de las víboras, va a reclamarle al patrón lo que le pertenece, las suyas. El patrón le dice que las suyas eran las muertas, y que la ley lo ampara. A partir de ahí, el patrón lo azota con un látigo, el campesino se defiende y, tras matar al patrón, vuelve a casa para, acto seguido, huir y unirse a una extraña cofradía religiosa, propiamente una secta, en la que el sacerdote máximo lo castiga para borrar sus pecados y poder unirse a quien les promete que el sertão se va a convertir en un mar. Las escenas de la penitencia del vaquero, a quien sigue su mujer, quien no entiende nada de nada de cuanto pasa, son de lo mejorcito de la película, como ese subir de rodillas, llevando una pesada piedra en la cabeza que cada dos por tres le cae a tierra,  hacia un santuario donde tiene lugar un rito propiciatorio espeluznante, porque se sacrifica a un niño para borrar los pecados y alcanzar la gracia. El horror de la escena se resuelve con la aparición de Antonio das Mortes, que los aniquila a balazos como si fuera un tiro al blanco.  De forma paralela se nos ha narrado la contratación por parte de los hacendados y la iglesia del cazarrecompensas, un ser reservado que no está muy seguro de que lo que ha de hacer sea lo que se debe hacer, una duda que crecerá argumentalmente en la continuación de la presente. El vaquero y la mujer huyen ilesos y acaban uniéndose a la partida de Corisco, que fue amigo íntimo de Lampião, cuando ya este se ha quedado sin hombres, solo le quedan dos, y malvive en el secarral con la esperanza de volver a recuperar sus días de gloria. Acepta el enrolamiento del vaquero, pero tendrán sus más y sus menos, y el cabecilla una relación erótica con su mujer. La figura del cangaceiro adquiere una tonalidad épica, porque se sabe condenado y, sin embargo, aspira a que otros tomen su puesto y continúen su obra de liberación. La película bien podría considerarse que pertenece al género del western, siquiera sea porque las partidas de bandidos tras la guerra de Secesión dibujaron un panorama social muy cercano al descrito en la película. Está por medio la lucha de los  terratenientes y la iglesia, que son quienes contratan por 600 contos (600.000 cruzeiros)al pistolero Antonio das Mortes, de quien se canta una composición de estilo popular muy hermosa. Así mismo, es de notar el uso de la música en las escenas finales, cuando suena la bachiana número 5 de Heitor Villalobos, lo que adensa la representación de un modo extraordinario, porque, curiosamente, sirve tanto para la relación de Corisco con Rosa, la mujer del vaquero, como para el momento de su eliminación a cargo de Das Mortes.

          La segunda película es en color, un color muy intenso y toda la película transcurre en una localidad en la que un terrateniente ciego, cuya mujer se entiende sexualmente con el aspirante a alcalde de la villa, desea que alguien acabe con los cangaceiros que han invadido la villa y amenazan sus negocios, sobre todo los del ganado. La película acentúa la dimensión mítica de los cangaceiros y comienza con un profesor de Historia que les recuerda a los niños las fechas más importantes en la Historia de Brasil, y, entre ellas, la de la muerte del mítico  Lampião. A diferencia del recorrido casi neorrealista de la primera, en esta segunda hay una dimensión folclórica y simbólica muy importante, porque es constante el modo cantabile como se manifiesta la presencia de los cangaceiros y la suerte de ordalía histórica que va a enfrentar al último cangaceiro con Antonio das Mortes, una lucha con machetes que va a dirimir quién es el vencedor y, al mismo tiempo, encarnación de la ley. De forma paralela, la subtrama del político manejado por el terrateniente y el adulterio con la mujer de este se resuelve cuando, no fiándose del cazarrecompensas, manda llamar a otro de los enemigos de los cangaceiros, Mata Vaca, cuyos hombres se ponen a disposición del terrateniente como una guarda pretoriana, porque ya ha intuido que su mujer y el amante que la corteja quieren acabar con él, aunque les falte la presencia de ánimo para hacerlo.

          La presencia de los cangaceiros confundidos con los habitantes del lugar, nos presenta un personaje, la Santa, que podemos poner en relación con la sacerdotisa animista de su primera película, aunque aquí esta dentro de la tradición católica. Acompaña al cangaceiro y encabeza la manifestación fervorosa de la plebe, que se acoge a su santidad y a la esperanza de una mejora social. La evolución de Das Mortes, después de haber herido de muerte al cangaceiro en el duelo, tiene mucho que ver con la crueldad del terrateniente y con la santidad de la Santa, a cuyo servicio quiere ponerse para reparar el mal causado, porque, solo tras la muerte del bandolero, descubre la justa razón de su causa y la inmoralidad de haber aceptado dinero para acabar con la supuesta lacra. En esta segunda película, con la interpretación del mismo actor en el papel de Das Mortes, se acentúa el registro genérico del western, y muy propio de él es la «balacera» final que culmina el desenlace narrativo de la película. En esta ocasión, tanto la música, constante a lo largo de la película, la danza y la puesta en escena en lo más árido del Sertão, donde acaba expirando el bandido, en un repecho montañoso que ofrece en segundo término panorámica la árida extensión del Sertão, generan una belleza muy acorde con la evolución de los sentimientos del pistolero. A medio camino entre la antropología, la política y  el simbolismo, la historia rinde homenaje popular a los héroes rebeldes, que estuvieron en activo hasta 1938, no lo olvidemos y cuya memoria popular es similar a la de los maquis en la población izquierdista española o a la de los resistentes en la Francia ocupada por los nazis.

          El león de las siete cabezas, rodada en el Congo, tras el exilio de Glauber Rocha, quien hubo de salir del país tras sentirse perseguido por la autoridades, es, permítanme el juicio, y al tiempo exabrupto, un disparate descomunal. Guiado por una crisis ideológica que lleva al autor a plantear una mezcla tan heterogénea de situaciones y discursos que recuerda, en parte, al Godard de La Chinoise y otros desvaríos suyos. Basta seguir la interpretación de Jean-Pierre Leaud, un sacerdote vengador que ejecuta un ritual violento tan extraño como sus proclamas y gritos desaforados, al tiempo que se pasea con idéntica parsimonia ritual entre los colonialistas y las fuerzas de liberación nativas. Con tomas frontales y personajes estáticos que declaman ante la cámara sus discursos de todo tipo, anticolonialistas, colonialista y, lo más curioso, quienes reniegan del capitalismo salvaje y de comunismo y abogan por un gobierno tecnocrático alejado de las ideologías habituales para conseguir un país «que funcione», porque se trata de poner los destinos de la sociedad en manos de quienes estén preparados intelectualmente para dirigirla, lo que parece una evocación del liberalismo tecnocrático propugnado por Gonzalo Fernández de la Mora. De hecho, y aunque Rocha fue un abanderado de las posiciones izquierdistas, su simpatía con la mano dura de los hmbres fuertes de la dictadura brasileña le privaron del favor de sus antiguos seguidores y quedo, ideológicamente, al parecer, en tierra de nadie, en esa tierra yerma desde la que los cangaceiros subliman el misticismo de la revolución armada y la defensa de los parias de la tierra, así como la fe en un destino providencial al que se entregan como poseídos por los mismísimos demonios de la tierra, indistinguibles de sus dioses. La película, además de excesivamente larga y repetitiva, cuenta sin embargo con una puesta en escena natural, la propia del Congo, donde fue rodada, que alivia en cierto modo el tostón declamador de los diferentes personajes. Nada, ni la sexualidad explícita con trasfondo simbólico está exento de esta recopilación de momentos muy dispares, unos más afortunados que otros, pero cuya suma no arroja ningún resultado positivo, sino una trasnochada agitación y una mezcla de vidas captadas en momentos aislados que no constituyen en modo alguno una narración. Sí un panfleto, un opúsculo, la vana ensoñación de que el cine es un arma para cambiar la realidad, sobre todo la de la explotación del hombre por el hombre. Cuesta trabajo acabarla, porque los disparates se multiplican y la atención se resquebraja, pero mi espíritu crítico lo consiguió y, sobre todo, porque cambiar de película, corriendo sobre la cinta, se me vuelve un poco complicado...  

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario