viernes, 3 de julio de 2026

«Headhunters», de Morten Tyldum, de lo mejor del «nordic noir».

Humor negro, thriller empresarial y trepidante violencia «coreografiada» para una película que hizo universal el cine negro nórdico.

 

Título original: Hodejegerne (Headhunters)

Año: 2011

Duración: 98 min.

País:  Noruega

Dirección: Morten Tyldum

Guion: Lars Gudmestad, Ulf Ryberg. Novela: Jo Nesbø

Reparto: Aksel Hennie; Synnøve Macody Lund; Nikolaj Coster-Waldau; Joachim Rafaelsen; Gunnar ; Skramstad Johnsen; Lars Skramstad Johnsen; Signe Tynning; Baard Owe.

Música: Trond Bjerknes, Jeppe Kaas

Fotografía: John Andreas Andersen.

 

          La vi cuando se estrenó y, por lo tanto, mucho antes de que abriera este Ojo Cosmológico en 2014, año desde el que sigo sin cerrarlo, aunque a veces me venza la pereza y el escaso eco de tantas críticas, si bien las escribo a modo de carnet de visionados. A pesar de no tener aún definitivamente estragada la memoria, mi Conjunta y yo comenzamos a verla, porque yo me empeñé en que no la había visto, pero ella no tardó en descubrir que sí —es mucho mejor fisonomista que yo...—. Luego dudó, porque había tramos de los que no se acordaba de nada. En esa indecisión, disfrutamos de la película como la primera vez, pero cuando llegó la soberbia escena escatológica, hacia el último tercio de la película, entonces sí que caí en que la había visto. Lo que nos preguntábamos ambos fue cómo era posible que, habiéndonos gustado tanto la película, hubiéramos perdido casi toda la memoria de ella. Nos acongojaba el hecho, porque parece dar a entender que se trataba de un gusto muy «superficial», pero, vista por segunda vez, nos ha gustado incluso más que la primera, a pesar de ese hándicap memorístico. Después de meditar sobre ello, he llegado a la conclusión provisional de que las películas en las que predomina la acción frente a la introspección nos dejan, a ella y a mí, menor poso, porque nuestros intereses se mueven más en esa esfera íntima que en la acción vertiginosa, aunque seamos capaces de apreciar esta cuando está bien hilvanada y la interpretan actores de tan calidad como los que intervienen en esta película, que fue un gran éxito en su momento, y contribuyó a la «moda» del género negro, tanto en novela como en películas, procedente de los países nórdicos.

          Headhunters retrata, en realidad, la vida de un trepa que, más allá de su bien remunerado puesto de trabajo como experto contratador de ejecutivos, se dedica al robo de obras de arte para satisfacer el tren de vida que, de otro modo, no se podría permitir, y ello para no perder a su mujer, a quien ayuda a montar su propia galería y a quien teme siempre perder, en cuanto se presente un galán que supere los quince centímetros de diferencia que hay entre ella y él, un complejo de inferioridad que resulta determinante en la trama, así como la negativa de él a tener descendencia. La trama se complica con la aparición de un conocido suyo que, a través de la influencia de su mujer, ha de ser favorecido para ocupar un puesto de alto ejecutivo, si bien él procede de una empresa que es competidora de en la que trabaja el protagonista. El amigo resulta ser todo un aventurero, especialista en la aplicación al espionaje de los medios técnicos más insospechados. Una vez que conoce a la mujer, en la inauguración de la galería,  el protagonista no tarda en montarse la paranoia de que su mujer le engaña con él, lo que coincide con algunos hechos que avalan esa impresión. Recordemos que el narrador de la película es el protagonista, por lo que todo nos llega desde su particular prisma subjetivo: conocemos lo que él conoce, y lo mejor de la trama es cómo el espectador irá comprendiendo que nada es lo que parece, aunque no será sino a costa del adverso destino del protagonista, al que todo, poco a poco, se le va complicando de tal manera que no tardará en exponerse repetidas veces a perder la vida.

          Que quien parece controlar todas las teclas del órgano en el que se ejecuta la melodía de su vida se vea de pronto como una nota suelta en las manos de un teclista demoniaco añade a la historia un efecto de vértigo que nos sorprende tanto como nos apasiona, porque todo se desarrolla como el enfrentamiento de un supercontrolador frente a quien parece que le tiene tomada la medida, por más que ignore cómo sea ello posible. Como le va la vida en ello, vivimos cada uno de sus actos como si fuéramos a despedirnos del protagonista en la próxima secuencia para descubrir que ha sucumbido ante una inteligencia superior. La calidad de la trama reside en que cada vuelta de tuerca, por sorprendente que nos parezca, se ajusta milimétricamente a un desarrollo perfectamente ideado por el novelista, Jo Nesbø, en cuya obra se basa la película.

          Dado el nivel de vida de los protagonistas, que tantos sudores criminales le cuesta al cazatalentos, la puesta en escena se mueve en arquitecturas modernísimas que permiten planos espaciales espectaculares, algo que se reproduce en la oficina y en la galería de arte; pero, afortunadamente, como suele pasar en este tipo de tramas criminales, no tardan en aparecer otros estratos sociales que sirven de compensación a la vida de élite en la que viven instalados los personajes. Ahí es donde la película gana muchísimo, porque la galería de personajes «populares», desde el socio criminal del protagonista, un enamorado de las armas, hasta un insólito granjero y un par de policías modelo airbag, entre otros, permite la aparición de un humor negro y escatológico que nos va a llevar en volandas hasta un desenlace para el que aún habremos de escamondar la alcachofa en busca de su blanquísimo corazón que nos deje tranquilos, tras las angustias pasadas.

          Por lo escrito hasta ahora puede dar la impresión de que los personajes son meros instrumentos al servicio de la trama, pero no es así. Las interpretaciones de los protagonistas, sobre todo la del cazatalentos, Aksel Hennie, la de la  bellísima Synnøve Macody Lund, que debutaba en el cine con esta película, y la del experimentadísimo actor danés Nikolaj Coster-Waldau, de amplia carrera internacional, son decisivas. Sus interpretaciones contribuyen decisivamente a dotar a la trama de la verosimilitud imprescindible para este tipo de historias que tienen, ciertamente, algo de rocambolesco.

miércoles, 1 de julio de 2026

«El manuscrito de Dante», de Julian Schnabel, demasiado brownizado...

 

La estética no suple, a pesar de su magnificencia, las carencias elementales del relato.

 

Título original: In the Hand of Dante

Año: 2025

Duración: 150 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Julian Schnabel

Guion: Julian Schnabel, Louise Kugelberg. Novela: Nick Tosches

Reparto: Oscar Isaac; Gal Gadot; Gerard Butler; John Malkovich; Louis Cancelmi; Sabrina Impacciatore;

Franco Nero; Benjamin Clémentine; Paolo Bonacelli; Martin Scorsese; Al Pacino; Jason Momoa; Lorenzo Zurzolo; Claudio Santamaria; Fortunato Cerlino; Guido Caprino; Duke Nicholson; Lolita Chammah; David Agranov; Dora Romano; Howard Thomas Ray; Ford Leland.

Música; Benjamin Clémentine

Fotografía: Roman Vasyanov.

 

          Solo cuando provienen de determinadas personas suelo seguir las recomendaciones para ver esta o aquella película. Mi buen amigo Josep es un profundo admirador de películas en las que la puesta en escena suelen valerlo todo, por encima de la historia, el desarrollo del guion e incluso de las interpretaciones. Y este es uno de esos casos, pero, en esta ocasión, se ha dado cuenta de los endebles giros de guion que han desplazado la historia de lo verosímil a los terrenos, siempre fértiles, de la fantasía, pero, en esta película, hasta podemos hablar del delirio.

          La historia de manuscritos perdidos y hallados es tan larga como la creación de la Biblia y, aunque la Ilíada y la Odisea se transmitieron oralmente, los papiros de Oxirrinco nos demuestran que ya en el siglo III a. C. se transmitían por escrito. Que de Dante no se conserva ningún manuscrito ológrafo lo emparenta con Shakespeare, del que tampoco hay obra suya manuscrita que haya sobrevivido. Homero, Dante y Shakespeare, tres ingenios ágrafos, permítaseme decir. Ello induce a fantasear acerca de la posibilidad de hallar algún original manuscrito. Y hace poco crítique en este Ojo una película inglesa que lo hacía sobre la tesis e que Shakespeare no fue el verdadero autor de sus obras: Anonymous, de Roland Emmerich, una película muy entretenida y mejor ambientada. Ahora, Julian Schnabel, de quien vi no hace mucho su At Eternity's Gate («Van Gogh a las puertas de la eternidad»), una crítica que se me quedó en el tintero...; ahora, digo, se atreve con una trama de marcado carácter superventas, muy al estilo de los libros del famoso Dan Brown, El código Da Vinci y otros similares.

Lo digo porque también en esta visión en dos tiempos paralelos de la vida y obra de Dante, hay una intriga que se sobrepone a cualesquiera otros asuntos de interés, como la penetración psicológica en los caracteres de los personajes, algo que se sustituye por la excentricidad y una caracterización, de vestuario y maquillaje, que llama mucho la atención de los espectadores, dado que, bajo ellos, aparecen actores tan diversos como Franco Nero, Al Pacino, John Malkovich o Martin Scorsese, bazas fílmicas sorprendentes, pero de interés narrativo muy dispar.

La película se inicia con la presentación de un autor maldito Nick Tosches, al que le ofrecen, como traductor que ha sido de la Divina Comedia, la posibilidad de un negocio que tiene que ver con ese autor. De forma contrapuntística se nos narrará, también, la vida de Dante, tras conocer de visu a Beatriz, y su exilio itinerante hasta que se asentó en Rávena, donde culminó la escritura de la obra con su Paraíso. El primer cameo importante de la película es la aparición de Al Pacino como el tío del niño Nick, quien se presenta ante él para confesar que acaba de degollar a un niño que le había provocado. El tono del discurso del tío no solo configurará la mentalidad del sobrino, sino que sirve de precedente para entender parte del desarrollo. Bien puede decirse que la continuación de esa increíble escena dialógica es la presentación de un sicario, Louie,  interpretado maravillosamente por  Gerard Butler, a pesar de lo repulsivas que llegan a ser sus apariciones, lo que demuestra el altísimo nivel de su interpretación. Los diálogos en el avión entre él y Nick son todo un acierto.

Por esos caminos ignotos que solo Dios conoce, llega a manos de un traficante de obras de arte el chivatazo sobre el poseedor del único manuscrito de la Divina Comedia que existe. Se trata, primero, de presentarse en la mansión de marras, italiana, y apropiarse, mediante el asesinato, del codiciado códice. Y ahí tenemos al escritor maldito y al sicario compartiendo aventura. Un sicario que, en la trama paralela sobre la vida de Dante será el Papa Bonifacio VIII, quien lo destierra. Revélase esto porque no tardaran los espectadores en darse cuenta de que hay una curiosa relación entre los personajes de ambas tramas, de modo que el doble papel de Oscar Isaac,  Nick/Dante, confirma otros de carácter semejante para establecer un paralelismo entre las dos historias, que se unirán, no me atrevo a decir que «felizmente» al final de la historia.

Hasta ese final, la trama deriva hacia un proceso de autenticación del manuscrito que no nos exime de cada detalle que permite verificar la antigüedad, el tipo de tinta, los trazos conforme a la firma original de Dante y otros pormenores que interesarán mucho a los bibliófilos, editores, impresores y científicos, puesto que hasta aparece un sincrotrón para garantizar dicha autenticidad. Ota cosa es que tal entretenimiento tenga un valor sustantivo en la trama, algo que no es así, dado que no pasa de la anécdota.

La historia sigue apegada a un proceso de codicia que se suma a la ambición de poseer algo absolutamente único en el mundo, imposible de ser sometido a tasación económica. Y aquí es donde la historia comienza a desvariar profundamente, esto es, con una consistencia que empequeñece los esfuerzos, muy notables, de la puesta en escena y de la realización. Para la historia contemporánea se usa el blanco y negro, con una estilización idéntica a la de la famosa serie Ripley, de Robert Elswit, que ha creado escuela, aunque hablamos de un cinematografista en cuyo haber hay títulos recientes de una categoría indiscutible: Velvet Buzzsaw y Nightcrawler , de Dan Gilroy, Suburbicon, De George Clooney, Puro vicio y Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson, entre otras. Por este lado, pues, el gozo de cinéfilo está asegurado, sobre todo porque las efectistas escenas violentas están perfectamente realizadas. Aunque la ambientación y el vestuario de la parte antigua, en color, pierde bastante frente al impecable blanco y negro tamizado de la parte moderna, el conjunto permite un visionado que, si no se es exigente en grado sumo, puede permitir seguir el metraje, aunque algunos personajes, como la «Beatriz» desesperada/embaucada resultan excesivamente histriónicos y sainetescos como para aceptar semejante listón de exigencia, pero para una noche de verano al amor del aire acondicionado, vamos a decir que no nos molesta... demasiado.