lunes, 31 de julio de 2017

“A merced del odio”, de Seth Holt, excelente terror psicológico de la Hammer.


El terror con niños o cómo William Dix, actor revelación, te clava en el sofá hasta el desenlace final y auténticamente, como el título indica, a merced del odio que te domina...

Título original: The Nanny
Año: 1965
Duración: 93 min.
País: Reino Unido
Director: Seth Holt
Guion: Jimmy Sangster (Novela: Evelyn Piper)
Música: Richard Rodney Bennett
Fotografía: Harry Waxman (B&W)
Reparto: Bette Davis,  Jill Bennett,  William Dix,  James Villiers,  Wendy Craig,  Pamela Franklin, Maurice Denham,  Jack Watling,  Alfred Burke,  Nora Gordon.


De una película de terror psicológico estructurada en torno a la ignorancia del espectador, las pistas falsas y los equívocos contantes, ¿qué puede decirse que no viole el imperativo ético de un crítico: no desvelar la trama para no  chafarle al espectador las sorpresas que lo aguardan continuamente a lo largo de la película? A eso vamos, porque The nanny, en el original inglés, se centra, por el título, en el personaje que interpreta Bette Davis, lo suficientemente intrigante, por su sola presencia, para poder pensar en cualquier aberración, perversión, locura o desgarramiento que la tengan por objeto, sobre todo si atendemos al encasillamiento que sufrió la actriz tras las dos celebres películas de Aldrich: ¿Qué fue de Baby Jane? y Canción de cuna para un cadáver. Aquí su presencia domina la película de punta a cabo, y la caracterización ya induce al espectador a temerse lo peor, sobre todo porque la nanny en cuestión lo ha sido previamente de la madre y la hermana de esta y ahora lo es de los hijos de una madre a quien la noticia de que su hijo de once años vuelve a casa la sume en un depresión insoportable. El niño, y aquí estamos ante el verdadero héroe de la película, desde el punto de vista de la interpretación, William Dix, nos regala un recital interpretativo de primerísima magnitud, y lo que más me ha sorprendido, buscando información acerca de él, es que, salvo en El extravagante doctor Dolittle, de Fleisher, su carrera se truncara, teniendo en cuenta el altísimo nivel del que venía con esta Nanny en la que le roba la estelaridad a la Davis y al resto del reparto. El guion, y a ver si no me traiciono al contar lo poco que debo contar, nos planta ante la extraña situación de una familia que, con no poco recelo, va a buscar a su hijo mayor a un hospital psiquiátrico en el que el niño ha estado internado dos años, al parecer, por haber sido responsable de la muerte de su hermana pequeña, aunque de todo ello nos vamos enterando con las famosas cuentagotas con que se administra el terror en películas de esta naturaleza. Desde la representación de un ahorcamiento en su cuarto del sanatorio, visión que provoca un telele en la gobernanta de la institución que va a buscarlo para “devolvérselo” a su padre, al estilo de las bromas que le gustaba gastar a Harold en Harold y Maude, de Hal Ashby, el comportamiento del niño, a quien la madre, destrozada por la muerte de su hija, no ha querido ir a recoger por no verse con fuerzas para hacerlo, ira sufriendo un crescendo de rebeldía, despotismo, odio, malas maneras y actitudes tiránicas que no solo descolocan a unos padres que dudan mucho de que el niño se haya corregido, sino que escoge a la nanny, una institución en la casa, como objetivo central de su desprecio. Poco a poco, el padre porque se va a trabajar fuera unos días, y la madre porque su neurastenia le impide hacerse cargo de la casa y de su hijo, la acción se va centrando en el enfrentamiento abierto la mayoría de las veces y soterrado otras, entre la niñera y el niño. Lo que más sorprende al espectador, está claro, es el amor que le profesa la niñera, que la lleva a disculpar cualquier impertinencia del niño. Lo que no pasa desapercibido es que entre ambos hay una tensión que requiere una explicación que la película, con cuentagotas, eso sí, lo recuerdo, la da ¡y de qué manera!, porque a partir de cierto momento, la trama se acelera hacia un final excelentemente preservado en el desarrollo del guion y que, con lo difícil que es eso en este tipo de películas que parecen sin trampa ni cartón, sorprende y satisface al espectador. Técnicamente la película, en blanco y negro y con profusión de interiores en los que se advierte un cierto virtuosismo en no pocos enfoques y un uso del primer plano muy efectivo, tiene incluso cierta elegancia y una efectividad notable en las escenas de terror auténtico que no son pocas. A mí me ha recordado mucho, en el uso de la cámara en el interior a Repulsión, de Polanski, rodada, curiosamente, el mismo año y, para más cercanía entre ambas, comparten la aparición de James Villiers un secundario muy solvente. Ya digo que me estoy mordiendo las falangetas para no teclear más de lo que debo, pero acabaré diciendo que si la adquirí por la presencia de Bette Davis, una dama del terror, de todos los terrores psicológicos imaginables, ahora la recomiendo por la actuación excepcional de William Dix, cuya naturalidad por acción y por dicción merece un visionado urgente de la cinta, porque nadie se arrepentirá, salvo para quienes el género de terror psicológico sean palabras mayores e inaccesibles.

sábado, 29 de julio de 2017

"Los visitantes", de Elia Kazan, un complejo ajuste de cuentas.


La delación y Kazan: una película indie e intimista sobre la ética y la venganza en el marco de la posguerra de Vietnam. 

Título original:  The Visitors
Año: 1972
Duración: 84 min.
País: Estados Unidos
Director: Elia Kazan
Guion: Chris Kazan
Música: Johann Sebastian Bach
Fotografía: Nicholas T. Proferes
Reparto: Patrick McVey,  Patricia Joyce,  James Woods,  Steve Railsback,  Chico Martínez.

La penúltima película de Kazan, con  guion de su hijo, sorprende al espectador actual por el aire indie y moderno de película inteligente rodada con un bajísimo presupuesto. Recordar Funny Games, de Haneke, teniendo en cuenta la trama de la película, parece algo obligado, aunque hay muy serias diferencias de contenido entre ambas. En la película de Haneke estamos en presencia del mal arbitrario; en la de Kazan, de la venganza calculada. En la de Haneke todo nos sorprende y os horroriza, no solo la agresión, sino, fundamentalmente, la arbitrariedad y la impunidad que lo ampara. En la película de Kazan, rodada con  una fotografía “sucia”, llena de penumbras, de una iluminación que más parece tender a difuminar los personajes que a destacarlos, en un escenario doméstico un punto agobiante, como cuando se “incomodan”, más que acomodan, los visitantes y el padre de ella, en el sofá para ver un partido de fútbol americano, y con un ritmo desesperantemente lento, como el de los prolegómenos de una ejecución capital; en la de Kazan, digo, todo está claro desde el principio: no hay la más mínima  posibilidad de sorpresa, de que todo no acabe como la descripción de los motivos de la visita de los visitantes obliga a imaginar, a proyectar, en realidad. La habilidad de la cinta cae del lado del fugaz cambio de papeles que se verifica a través del contacto de la pareja protagonista con los visitantes y el padre de ella, en cuya casa vive la pareja, con su hijo, sin estar casados. James Woods debuta en la pantalla y los otros actores no son especialmente conocidos. Steve Railsback, también debutante, no engaña, por lo que a la encarnación de la maldad respecta, y representa un villano de excelentes recursos histriónicos para consumar su venganza. De hecho, su papel debió de impresionar, porque cuando participó en The stunt man (Profesión: el especialista), de Richard Rush, el personaje que encarna tiene una historia de veterano del Vietnam calcada de la de esta película. Por otro lado, este papel lo encasilló, artísticamente, porque en él pensaron para representar nada menos que a uno de los grandes asesinos mediáticos, Charles Manson, en la miniserie televisiva sobre su vida y depravada obra. Digo todo esto como elogio de su actuación, por supuesto, porque el desasosiego que introduce su personaje en la película, en contraste con su compañero, quien no guarda rencor al viejo delator de la violación que cometieron en Vietnam y que les supuso varios años de cárcel, es de tal magnitud que se convierte en uno de los principales atractivos de la película, muy por encima del papel del Woods, una persona que encarna valores éticos que están en las antípodas del que representa el padre de su mujer, un escritor de novelas del oeste que defiende el culto a la violencia, al machismo y que está en su salsa conviviendo durante unas horas con dos veteranos como él lo es de la Segunda Guerra Mundial, una camaradería muy trumpiana, para entendernos. Que no pueda ver a su yerno y que acoja con entusiasmo a sus compañeros de armas que sí le entienden, va preparando suavemente la vía de la venganza a través de la “rendición” del adversario, de la adversaria, en este caso, porque los planos no engañan y, desde que llegan a la casa y se “instalan”, sin saber exactamente ni cuánto se quedarán, ni qué rumbo llevan, ni a qué piensan dedicarse, tras salir de la cárcel, excepto la “necesidad” de visitar a su antiguo delator para ajustarle unas cuentas que no caducan, advertimos, por los encuadres en los que se destacan los jóvenes y frescos encantos de la protagonista, que la violación vengadora será inevitable. Mantiene al espectador en la intriga el desconocimiento de con cuánta violencia se llevará a cabo dicha venganza, y es algo que, por si las moscas en las manos de algún incauto cae este DVD, no revelaré. No me abstengo de decir, no obstante, que en la situación de partida se plantean varias tensiones que acaban mezclándose con los motivos de la visita, lo que permitirá progresar hacia el previsible final. La película tiene no poco de claustrofóbica, y los planos en el interior de la casa donde vive la pareja con el niño  lo van reforzando constantemente, porque tenemos la sensación de que el contacto, el roce, el choque entre los cuerpos que pululan por ella ha de ser inevitable y va a tener consecuencias. El paisaje nevado y el frío glacial contribuyen a destacar una hostilidad general que forma parte de un ambiente que se va consolidando progresivamente pero del que participan todos los personajes, sobre todo con los largos silencios que chocan con los diálogos tópicos y banales del padre y los visitantes. La película pasa por ser la primera que atiende al fenómeno de los veteranos de Vietnam, si bien la historia particular entre antiguos compañeros de armas es lo esencial, no aquel salvaje conflicto de las postrimerías del imperio usamericano. No aporta nada a la consolidada filmografía de Kazan, pero demuestra un saber hacer narrativo que es capaz de atrapar a los espectadores en esa tela de araña vengativa y amoral que se va tejiendo alrededor del “justo”. Que pueda o deba ponerse en relación con la historia personal de Kazan y sus delaciones ante el Comité de Actividades antiamericanas me parece de todo punto necesario, sobre todo por el destino del delator. Desde este punto de vista, la película tiene algo de expiación a destiempo, aunque todos sabemos que Kazan hizo de la necesidad virtud y siempre defendió sus delaciones como prueba de su insobornable amor a su nueva patria.


martes, 25 de julio de 2017

“La llama Sagrada”, de George Cukor o el señuelo patriótico del fascismo.



Cine político inteligente: La llama sagrada o una admirable dosificación de la intriga y la ambigüedad. 

Título original:  Keeper of the Flame
Año: 1942
Duración: 100 min.
País:  Estados Unidos
Director: George Cukor
Guion: Donald Ogden Stewart (Novela: I.A.R. Wylie)
Música: Bronislau Kaper
Fotografía: William Daniels (B&W)
Reparto: Spencer Tracy,  Katharine Hepburn,  Richard Whorf,  Margaret Wycherly, Forrest Tucker,  Frank Craven,  Stephen McNally,  Percy Kilbride,  Audrey Christie, Darryl Hickman,  Donald Meek,  Howard Da Silva,  William Newell.


Ignoro si por mi creciente  interés por un fenómeno como el independentismo catalán, que tantos rasgos exhibe de nacionalismo autoritario, o si por mi aversión a la doctrina nacionalista, da igual el lugar donde se desarrolle, que se me aparece siempre como la negación de la libertad, de las libertades, pero el caso es que me puse a ver La llama sagrada sin saber exactamente qué iba a ver, que es la mejor de las situaciones para un aficionado al cine como yo, poco amante, de haber leído u oído demasiado antes de ver una película.  La película no engaña, pero da la impresión de ser más modesta de lo que en realidad es. Un gran hombre a escala nacional acaba de morir en un accidente. El país está en estado de shock, porque el tal Forrester “apuntaba” a futuro presidente de los Estados Unidos de América.. Un avezado reportero, escéptico por cuanto ha visto a lo largo de su carrera, vuelve del Berlín de preguerra y, ahora reconvertido en escritor de temas “candentes” y trascendentes, más allá del cultivo de la noticia inmediata, decide ofrecerse a la viuda para escribir la biografía del prócer admirado en todo el país, desde los niño hasta los adultos, pasando por los jóvenes que han formado asociaciones al estilo de los wandervogel alemanes, que, prefiguración de ciertos ideales nacionales del nazismo, se unieron entusiásticamente a él cuando  llegó al poder. La narración adopta el punto de vista del escritor, Steven O’Malley, es decir, siguiéndolo a él, en sus acercamientos a la familia y a los allegados del gran hombre, los espectadores van conociendo en tiempo real de la acción cuanto se supone que han de saber para hacerse una idea de quién fue el gran hombre, cuáles fueron sus méritos y por qué se llora tan intensamente su muerte. La sensación de extrañeza que consigue crear Cukor desde las primeras secuencias no va a dejarnos en toda la película, y las actitudes de las personas involucradas en la trama no van dejar que nuestra inquietud se tome un respiro, porque, de una manera indirecta, casi sibilina, los espectadores se ven obligados a ir atando unos cabos que más lo desconciertan que lo ayudan, como cuando por puro azar descubre lo que nadie sabía, que la madre del héroe está viva y “guardada” en un caserón  cercano al propio del héroe y su esposa, un espacio de carácter gótico que se acrecienta cuando la viuda y el escritor se entrevistan en el salón en el que el plano los coge a ellos en contrapicado con el enorme retrato del prócer al fondo, colgado sobre la chimenea, un plano que, seguramente, Preminger guardó en el disco duro de su retina para cuando, él aún no lo sabía, filmara Laura. El progreso hacia la verdad de la historia, que es lo que el escritor quiere saber, no la versión edulcorada que advierte que están intentando venderle la viuda y el secretario, un fanático y devoto del líder social fallecido, va a seguir un camino lleno de vueltas y revueltas en el que, aparentemente, hasta nos sentiremos perdidos, incapaces de definir si la muerte del hombre ha sido un asesinato en toda regla, si ha sido una injusticia mayúscula o un acto benéfico para la Humanidad, a tal punto llega la sofisticación del guion que Cukor plasma en forma de thriller político que, sin cargar las tintas, sí que nos revela el sueño fascista de los salvadores usamericanos en nombre de bellos y hermosos valores cuya cara oculta es la de la subordinación de todos a las decisiones de uno, “el que sabe”, “el que puede”, el que nada quiere para si y sí todo para la gloria de la Patria. Decía al principio que en estos tiempos de intento de golpe de estado del secesionismo catalán, una película como La llama sagrada son realmente aleccionadoras y un hermoso y preclaro ejemplo de lo que esconden ciertos ideales que se nos presentan como un ejercicio democrático que esconde, sin embargo, el repulsivo rostro del autoritarismo, el supremacismo, la intransigencia y el desprecio del “otro”, es decir, de todos aquellos que no comulgan con los dogmas del que ordena y manda. Tracy y Hepburn responden sobradamente de sus papeles, pero a ella se la ve jugando en un terreno falso en el que no sabe exactamente ni siquiera cuál ha sido su verdadero papel en el drama que se acaba de vivir. O acaso sí y, en esfuerzo supremo de persuasión, nos convence de lo contrario. La presencia de los periodistas en la pequeña localidad donde ha tenido lugar el luctuoso suceso, le permite a Cukor una mirada irónica sobre ese “mundillo” de las exclusivas, la sagacidad reportera, las vidas desgarradas por la exigencia laboral, etc., que sirve de extraordinario complemento social a la biografía del equívoco personaje y de los enigmáticos que lo rodeaban, su madre, aparentemente trastornada y retenida como una prisionera, la viuda, el enigmático primo que representa el papel de protector sin luces pero devoto, y el secretario que es capaz de todo por preservar la buena fama del gran hombre lleno de flaquezas. En fin,  una película que, defraudando a los seguidores de la pareja protagonista, amartelados amantes divertidos en La mujer del año, de Stevens,  y fríos y distantes en esta, supone un logradísimo intento de mezclar política y thriller a través de una relación tensa e intensa entre una viuda llena de secretos y un buceador a pulmón libre en los corales de la verdad. Highly recommended, in fact.

lunes, 24 de julio de 2017

“Las manos de Orlac”, de Robert Wiene, un clásico eclipsado por “El gabinete del Dr. Caligari”.


El rechazo moral al trasplante: Las manos de Orlac o “el otro” (demoníaco) en mí.

Título original: Orlacs Hände
Año: 1924
Duración: 92 min.
País: Alemania
Director: Robert Wiene
Guion: Louis Nerz (Novela: Maurice Renard)
Música: Película muda
Fotografía: Hans Androschin, Günther Krampf (B&W)
Reparto: Conrad Veidt,  Alexandra Sorina,  Fritz Kortner,  Carmen Cartellieri,  Fritz Strassny, Paul Askonas.


Haber dirigido El gabinete del Dr. Caligari tiene tanto de bendición como de maldición, porque diríase que Robert Wiene no tiene más obra que ese hito fundamental en la Historia del cine. Tenía yo ganas, sin embargo, de echarle mi Ojo a Las manos de Orlac, y, en verdad esas ganas se remontan al año de la tana en que leí Bajo el volcán, de Lowry y se me quedó la obsesión del protagonista, de Firmin, por la película cuyo cartel ve repetido, verdadero leit motiv en el texto, una y otra vez, por lo que el lector ha de entender que juega un papel importantísimo en la narración. Y así es. En su momento, hube de contentarme con la sinopsis de la película; ahora he tenido la gratísima experiencia de poder verla y descubrir, así mismo, que la desesperación existencial del Cónsul alcohólico tiene un nexo evidente con la del pianista Orlac que, una vez que le han sido trasplantadas las manos de un asesino, se siente incapaz de siquiera sobrevivir a semejante maldición: todo lo que toca corre peligro, su mujer la primera, y siente nacer en su interior unos impulsos criminales que ignora a dónde pueden acabar llevándolo. No es fácil en nuestros días, excepto en plataformas de pago que no frecuento, porque prefiero el sólido azar de Tallers 79, acceder al visionado de películas que, por ser mudas, además, poco menos que han sido estigmatizadas incluso por los programas dedicados al cine, entre los que pueden contarse con los dedos de una mano las películas al año, en abierto, que, anteriores al sonoro, pueden verse en las pantallas de televisión , ¡y no digamos ya en los cines de estreno o reestreno!, a no ser que se cuele alguna rareza como The Artist, de Hazanavicius. A mí, lo confieso, y sé que nado a contracorriente, cada vez me gustan más las películas mudas y cada vez voy descubriendo verdaderos hitos cinematográficos sin los que es muy difícil explicar el arte del cinematógrafo en nuestros días. Curiosamente, y aunque conserve ciertos rasgos expresionistas, como algunos decorados, la iluminación, la distorsión de espacios y las tomas desde ángulos insólitos, Las manos de Orlac se acerca más al género del terror tradicional, pero no cae de lleno en él, porque la deriva psicológica del rechazo al trasplante de las manos de un asesino y el asesinato del padre del protagonista, que no quiere ayudar a su hijo y su nuera cuando estos se encuentran empobrecidos por la falta de ingresos del pianista, que se niega a tocar con esas manos, acerca más la película al género del thriller, sin que por ello el género del terror deje de estar presente, en la variante de los experimentos médicos y sus secuelas psicológicas y morales. Lo que si es expresionista hasta la médula es la interpretación de la pareja protagonista, Conrad Veidt y Alexandra Sorina. Ambos viven la película como un estado de ansiedad y horror mezclados y permanentes. Primero, en unas escenas llenas de vigor narrativo, cuando la mujer, que se acerca a la estación a recibir a su marido, se entera de que su tren ha tenido un accidente, un choque con otro y decide seguir camino hasta el lugar del accidente y buscarlo, junto con el chófer. Esas escenas, logradísimas, tienen, ya digo, un vigor tremendo. Hallado el cuerpo del músico famoso, y corriendo grave peligro su vida por un golpe en la cabeza, es llevado al hospital donde, a requerimientos de su mujer, de salvarle las manos, porque son “toda su vida”, incluso por encima de ella, el doctor decide lo único posible, trasplantarle las manos de un asesino al que acaban de ejecutar. El reencuentro de los esposos, fugaz, y lleno de intensidad, tiene su segunda parte en el descubrimiento, por parte del músico, de unas manos que “no son las suyas”. Cuando finalmente se entera, porque un chantajista se encarga de que llegue la información a su conocimiento, de que no son “sus” manos, y del origen de las mismas, el músico entra en una crisis de identidad absoluta que se manifiesta de muchas maneras y en una interpretación extraordinaria por parte de Veidt, quien consigue, exclusivamente a través del trabajo corporal, que seamos capaces de disociar su cuerpo y ver las manos como las manos de “otro”, como si tuvieran vida propia, ¡a tal extremo llega la calidad de la interpretación de Veidt! La desesperación de la esposa, a quien el músico se ve incapaz siquiera de acariciar, de abrazar o de simplemente tocar, es el perfecto contrapunto del dolor casi metafísico que experimenta el músico que se considera “invadido” por la aciaga personalidad del “otro”, de un asesino. Wiene consigue, gracias a esos trabajos portentosos de interpretación, que empaticemos totalmente con ambos personajes y en situaciones opuestas. Cuando la película deriva hacia el asesinato del padre, supuestamente obra del hijo, por la presencia de las huellas de Orlac en la casa  y en el mango del cuchillo con que lo han matado, se nos presenta un giro en el guion que, si hace más vulgar la trama, más trivial, no es menos cierto que introduce una ligera brizna de humor en el acezante drama vivido por ambos esposos. Es reconfortante ver en pantalla una actriz como la bellísima Alexandra Sorina cuyo tipo corporal la aleja de modelos ulteriores que, andando el tiempo, establecería el cine casi como una censura del suyo. La película es un prodigio de ajuste a la historia y de concentración en el motivo narrativo que le da sentido. Hay muchísimas escenas logradísimas, sobre todo en los decorados de la casa de la pareja y la casa del padre, estudiados con una obsesión fantástica por la puesta en escena. Remito, en todo caso, a la escena del “sofá”, un sofá art decó de diseño monumental, en el que Veidt está sentado en escorzo y llega la criada -introductora del chantajista en la casa, para mal de sus señores- a sentarse a sus pies, momento en el que el músico, se abandona a una suerte de cuadro de la Pietà a la inversa e intenta acariciar a la criada…¡Indescriptible, tanta belleza! Sí, Las manos de Orlac es un drama moral y una anticipación de ciencia-ficción de un logro médico que aún está en mantillas, como quien dice… Y no digo más, aunque me gustaría, porque, dado ese componente de thriller que tiene la película, conviene que no les chafe a los posibles (y deseo que muchos) espectadores la resolución de la trama.

sábado, 22 de julio de 2017

“La condesa descalza”, de Joseph L. Mankiewicz o un guion imposible.


Del melodrama inverosímil a la tragedia barata: La condesa descalza o la brillante técnica narrativa contra la mediocridad del argumento.

Título original: The Barefoot Contessa
Año: 1954
Duración: 128 min.
País: Estados Unidos
Director: Joseph L. Mankiewicz
Guion: Joseph L. Mankiewicz
Música: Mario Nascimbene
Fotografía: Jack Cardiff
Reparto: Humphrey Bogart,  Ava Gardner,  Edmond O'Brien,  Marius Goring,  Valentina Cortese, Rossano Brazzi,  Elizabeth Sellars,  Warren Stevens,  Franco Interlenghi,  Mari Aldon, Bessie Love.


Por esos azares de Tallers 79, han caído al tiempo en mis manos esta película y Eva al desnudo, ambas de Mankiewicz, aunque no lo parezca, porque mientras de esta segunda sé que volveré a verla y seguiré quedando tan admirado como la primera vez que asistí a esa orgía psicológica de una historia extraordinaria contada de la mejor manera posible, la primera me ha supuesto una decepción de tal naturaleza que me ha obligado a replantearme cómo es posible que tuviera un buen recuerdo de ella, si es que lo tenía y no andaba yo confundido, porque lo que es imposible es que se me hubiera mezclado con otra condesa, La condesa de Hong-Kong, de Chaplin, con la que, ahora, esta poco menos que podría equipararse aunque la de Mankiewicz aún sale ganadora en la comparación, porque, a pesar de las inverosimilitudes manifiestas del guion y la impropiedad de los personajes -que obliga a la “gran bailarina Ava Gardner” a tener que mostrar sus encantos flamencos fuera de plano, una incongruencia difícil de encajar, aunque fácil de entender, teniendo en cuenta las limitaciones propias de la actriz, por supuesto-, la de Chaplin es un auténtico bodrio que emborronó una carrera que no se merecía un final así. En las breves líneas anteriores ya he indicado por dónde van mis desencuentros con la película, pero me permitiré insistir algo más. La estructura de la película es inobjetable, tanto en la elección del narrador principal, el director decadente y semifracasado que acepta con escepticismo y savoir faire su posición subalterna en la industria, como en el encadenado de flash backs a partir del entierro de la célebre bailarina flamenca María Vargas, reciclada en actriz de éxito en Usamerica, de la mano del director, Humphrey Bogart, muy ajustado a su papel, pero sin el glamour de la lejana  Casablanca y, finalmente, casada con un conde italiano, un castrati en acto de servicio militar. Todo en la película tiene un aire artificial, de película cosmopolita, muy de moda en los 50 y 60, muy al estilo de los personajes de Fitzgerald, un mundo de artistas, nobles, banqueros, depravados, espabilados y algún artista mediocre que pasea su mirada crítica entre ellos. De hecho, la parte de la trama que tiene que ver con la dependencia y posterior independencia del productor tiránico que intenta aprovecharse de la actriz y de su camarilla de servidores es, quizás, lo mejor de la película. La aventura de la bailarina medio ninfómana queda un tanto empalidecida, no solo por la superficialidad con que es tratada esa pasión de ella, sino, sobre todo, por una puesta en escena en la que Ava Gardner, lejos de ser ese “animal más bello del mundo” que admiramos en  Venus era mujer, de Seiter, aparece fotografiada como con cierta desgana, en parte por el horroroso vestuario  y la pésima labor de peluquería. Se advierte enseguida, eso está claro, que la Gardner se sintió muy incómoda en su papel y que no acababa de saber con claridad qué se esperaba de ella. Es innegable que hay escenas en que sigue exhibiendo una presencia maravillosa, pero el cuento de esa Cenicienta (That spanish word for Cinderella, que repite Bogart hasta cinco veces…) rebelde e independiente que no quiere ataduras, comenzando por los propios zapatos, resulta algo tópica, insulsa y afectadamente dramática en no pocos momentos. Todo queda en una superficialidad que no llega a ahondar en la verdadera raíz de la pasión. Y, claro, así es muy difícil empatizar con ella o con su doble drama sexual y amoroso. La película sigue los pasos del descubrimiento de la bailaora, de su encumbramiento como actriz y de su relieve social, un poco en la estela de lo que supuso el matrimonio de Grace Kelly con Rainiero de Mónaco, pero en menor relieve. Mi decepción me llevó a buscar virtuosismos técnicos en la realización que no se prodigan como, teniendo en cuenta quién es el padre de la criatura, debieran. Hay una escena  narrada dos veces, desde dos puntos de vista distintos, el rescate de ella, por parte del conde, de la relación malsana que la actriz tiene con una suerte de rico italiano que la había liberado a su vez del productor celoso y tiránico, que he de poner en el escaso haber de la película. Sí,  claro, hay un dominio narrativo que, a pesar de una puesta en escena feúcha, ¡ese lujo de baratillo de las clases dominantes!, sabe sacar partido de la historia, que solo gana enteros cuando Bogart anda de por medio. Tiene mucho de cine crepuscular, de un modo de concebir las historias y de realizarlas que está a punto de pasar a mejor vida. Su otro yo cinematográfico no lo veríamos sino en sus dos últimas y extraordinarias películas: El día de los tramposos y, sobre todo, La huella. Supongo que si se hubiera producido la elección de Frank Sinatra para el papel de Bogart, la cosa hubiera tenido un morbo añadido que, sin embargo, apenas hubiera cambiado la inverosimilitud de partida del guion, pero quizás hubiera revertido el destino de su fracaso en taquilla. En fin, es posible que, al final, La condesa descalza sea una película exclusiva para fans irredentos de Ava Gardner, y poco más, porque Bogart, francamente apático y viviendo de las rentas de su fama, no da mucho de sí, tampoco, en la endiablada historia de la Cenicienta española. Quien sí supo sacar partido a la película fallida de Mankiewicz fue el extraordinario secundario Edmond O’Brien, quien consiguió el Oscar al mejor actor de reparto. Aquí ya lo hemos loado suficientemente en Con las horas contadas, de Maté y Siete días de mayo, de Frankenheimer,  como para que tengamos que redescubrirlo a quienes se paseen, de tanto en tanto, por este Ojo voyerista. A título anecdótico, me permito insinuar que es probable que la estatua de la tumba del personaje de la Gardner que tanta presencia visual tiene en la película sea la misma, con algunos retoques, que ya le hicieran para Venus era mujer, pero no he logrado avalarlo con datos contratados.

jueves, 20 de julio de 2017

“Sé a dónde voy”, espléndida comedia romántica de Michael Powell y Emeric Pressburger.


En el marco impresionante de las Hébridas escocesas, Sé a dónde voy,  una divertida comedia romántica sobre el amor, la tradición y el amor a la naturaleza y la tradición. 

Título original: I Know Where I'm Going!
Año: 1945
Duración: 92 min.
País: Reino Unido
Director: Michael Powell,  Emeric Pressburger
Guion: Michael Powell, Emeric Pressburger
Música: Allan Gray
Fotografía: Erwin Hillier (B&W)
Reparto: Wendy Hiller,  Roger Livesey,  Finlay Currie,  Pamela Brown,  John Laurie, Norman Shelley,  Nancy Price,  Catherine Lacey,  George Carney,  Petula Clark.



Con anterioridad al Free Cinema es evidente que también se hacía un cine en Gran Bretaña muy digno de estimación. Esta comedia sentimental, en la que están perfectamente dosificados sus diversos ingredientes: la comedia, el amor, la crítica social, el dibujo psicológico de los protagonistas y unos escenarios que, aun en blanco y negro, cautivan poderosamente al espectador es un buen ejemplo de lo que digo.  He de reconocer que la inteligencia de los títulos de crédito, superpuestos a un encadenado de secuencias que nos muestran a una protagonista en actitud de marcha infatigable desde que nace hasta que se encuentra con su padre en un restaurante, donde le confirma su inminente boda con el rico empresario son un prodigio de imaginación y comicidad, quizás por su propia sencillez. El título no miente, se trata de una joven dinámica que sabe e-xac-ta-men-te lo que quiere en la vida y a ello la supedita entera. Una chica de Manchester que se casa con un millonario a quien no ha visto aún.  Viaja, en otro encadenado de secuencias en los más variados vehículos y en varios trenes para intentar llegar a la isla de Kiloran en las Hébridas escocesas, donde se va a celebrar la boda. Con ella, parte destacada del equipaje, lleva el vestido de boda, los primeros planos del cual ya invitan al espectador a sospechar de que quizás nos hallemos ante un viaje a ninguna parte…, porque un primer plano no es inocente y porque no hay espectador malicioso… Se detiene, finalmente, en Tobermoray, en la Isla de Mull, o mejor dicho, la detiene una galerna le impide viajar para completar la boda físicamente en compañía del magnate, que ha medido todos los pasos para hacerla llegar desde Manchester a la isla y, al final, no puede sortear el último tramo, estando tan cerca del destino, a causa del temporal, de la galerna que la tiene atrapada. Aislada en aquellas tierras inhóspitas, con una gente hasta cierto punto rústica y agreste, la protagonista se aloja en una casa donde coincide con -algo que ella ignorará durante aún buena parte del metraje- el propietario de la isla, quien se la ha alquilada al magnate con quien ella va a casarse para poder pagarla. El soldado disfruta de un permiso de diez días que espera poder pasar también en Kiloran, pero, mientras, entretiene su espera en excéntrica convivencia con algunos personajes que parecen salidos propiamente de las mismísimas entrañas de la tierra, a juzgar por la conexión que exhiben con ella. La película, exquisitamente británica y reivindicativamente escocesa por todos los planos de su metraje, o por la mayoría, que tienen esas tierras septentrionales por marco incomparable, nos permite asistir a una insólita historia de amor justo en el momento en que la enamorada calculadora  está a un paso -en barca…- de hacer realidad su sueño de “triunfar” en la vida a través de un matrimonio si no apasionado, sí muy ventajoso para ella. Una galerna imprevisible, como todas ellas, obliga a la mujer a permanecer hospedada en una mansión en la que convive con la dueña, una mujer varonil y cazadora, secretamente enamorada del señor de Kiloran, el militar de permiso que también se aloja allí hasta que el temporal amaine para poder “pasar a su isla” y con un personaje excéntrico y graciosísimo, biólogo aficionado que ha atrapado y amaestrado a un hermoso ejemplar de águila, porque su especialidad es la cetrería. La película, con un banco y negro que destaca la fiereza de los paisajes hostiles y hermosísimos de aquellas islas, es un canto a la particularidad del terruño, a la fidelidad a los orígenes y al amor a la tierra y a los compatriotas, de ahí las escenas folclóricas, con motivo de una fiesta en que se celebran las bodas de diamante de dos vecinos, contrastadas con las que la protagonista ha de soportar en casa de los familiares de su marido, y de ahí esa suerte de homenaje que se le hace al tiempo atmosférico, un personaje capaz de determinar incluso el rumbo de la vida de las personas, como parece que se quiera demostrar en la película.  De un modo delicado, sin pinceladas de brocha gorda, por sus esperas contadas -que incluyen una decepcionante conversación telefónica con el futuro marido-, toda la férrea determinación de la joven irá debilitándose en el lento fuego de la incertidumbre generada por un insólito sentimiento amoroso que va naciendo incluso contra su propia inclinación, sin ella quererlo, pero, al tiempo, sin poder evitarlo… Cuando llevada por la fragilidad que amenaza acabar con sus planes, decide sobornar a un joven del lugar, necesitado de dinero para poder casarse con su enamorada, decide arriesgarse a enfrentarse a la galerna, a fin de llegar cuanto antes a su destino, el militar decide embarcarse con ella por si fueran necesarios sus servicios, que, no podía ser de otro modo, lo son. Las imágenes marinas del remolino, del maelstrom hacia el que se precipita una embarcación  a la que le falla el motor que pueda sacarla de aquella succión tenebrosa, son literalmente espectaculares y satisfarán la sed de aventuras de todos aquellos a los que tal género suele enardecerlos, o humedecerlos, como en el presente caso.. Con actores y actrices totalmente desconocidos para mí, lo cual confiere a la película una verosimilitud añadida, Wendy Hiller y Roger Livesey están bastante más que convincentes en sus papeles, en apariencia de tan limitado registro, pero es espléndida la pelea entre los dos en la escalera de la mansión donde se alojan cuando ella decide transgredir la prohibición de hacerse a la mar y “compra” al joven sus servicios. De hecho, la enamorada del joven marinero es la única actriz conocida, una jovencísima Petula Clark, que luego destacaría, andando el tiempo, más como cantante que como actriz, ¡quién no recuerda su Downtown, que ella popularizó y que Sinatra acabó de convertir en un clásico, en un standard! Quienes hayan disfrutado con Hombres de Aran, uno de los mejores documentales jamás rodados, seguro que esta película no ha de resultarles indiferente, como tampoco a los aficionados a historias de amor sin aspavientos ni  alharacas ni frases ni momentos sublimes, aunque tiene un final “de leyenda”, y no digo más, para que quien quiera saberlo la vea, porque me lo agradecerá. Para entrar en calor, también pueden ver primero el documental  que Mark Cousin rodó en 1994 acerca del rodaje de la película y los escenarios naturales en los que se rodó: I Know Where I'm Going Revisited 1994 (Powell and Pressburger)

lunes, 17 de julio de 2017

“Balas de contrabando”, de Don Siegel: un híbrido serial entre A y B.



Un reparto inadecuado para una trama sólida y una dirección que logra crear una atmósfera de thriller exótico: Balas de contrabando o una película a medio camino de casi todo.

Título original: The Gun Runners
Año: 1958
Duración: 83 min.
País: Estados Unidos
Director: Don Siegel
Guion: Daniel Mainwaring, Paul Monash (Novela: Ernest Hemingway)
Música: Leith Stevens
Fotografía: Hal Mohr
Reparto: Audie Murphy,  Eddie Albert,  Patricia Owens,  Everett Sloane,  Gita Hall, Richard Jaeckel.



Una lástima que esta película no acabara de lograr esa redondez que solemos exigirle a los títulos de serie B que, sea por la dirección, por el fotografía o por la actuación, podrían ser considerados como serios aspirantes al estrellato de la serie A, en cuyas filas incluso ocuparían lugares de privilegio. La historia de Ernst Hemingway, muy apegada a su propia figura, siquiera sea por la afición a la pesca y por el amor a Cuba, tiene suficientes elementos de interés como para que la película hubiese tenido una vida triunfal que no llegó a tener. De hecho, en España n se estrenó en salas de cine hasta 2007, y, hasta entonces solo podía adquirirse en edición de vídeo. La película, insisto, por si a alguien le cae en las manos, tiene muy buenos momentos, una interpretación, sobre todo de los supuestamente secundarios, Eddie Albert y Gita Hall, quienes, sin embargo, acaban comiéndose los planos a fuerza de verosimilitud y contundencia, frente a un matrimonio excesivamente insulso y almibarado compuesto por un protagonista totalmente equivocado, Audie Murphy y una esposa que, hace lo que puede, teniendo en cuenta la “parte” que le han escrito, Patricia Owens. La ambientación, en el mundo del alquiler de yates para ir a pescar en los aguas del Caribe, está muy conseguida, así como la figura singular del marinero borrachín que borda Everett Sloan, quien se inició en el cine nada menos que con Ciudadano Kane, de Welles. Ese mundo de emprendedores/perdedores que trata de sacar adelante un earn the living  propio y por sus propios medios es el marco de esta aventura delictiva por parte de quien juega con ventaja frente a un patrón de yate que puede quedarse sin él porque un impagado le ha dejado al borde de la quiebra. La presencia, además, de la típica vampiresa, en este caso ajustada a esa atmosfera “deportiva” de la afición a la pesca, y, en su momento, a la fiesta nocturna en La Habana, con ansias irrefrenables -y algo inexplicables- de complicarle la vida al abnegado esposo, súbitamente vuelto atractivo tras haber sido metamorfoseado por la mirada de la diosa nórdica, acaba de redondear el conjunto de clichés sobre los que está montada la película, aunque Don Siegel se maneja perfectamente con ellos y logra ir más allá, sobre todo con el retrato del traficante, de la mera anécdota delictiva. Hay un choque de éticas, digámoslo así que tratan de demostrar a la otra parte la convicción propia. La película, sin embargo, naufraga en ese terreno en el que mejor hubiera podido conseguir una película de renombre, porque tanto la tensión erótica de Halla, como la cínica de Albert están a la altura de otras adaptaciones de Hemingway y, sobre todo, del mejor cine negro de esos años en Usamérica. A mí me parece que reúne suficientes elementos de interés como para no considerar la tarde perdida, si uno la encuentra en la videoteca y la compra, además, por solo 2€. Las escenas de pesca y de acción está muy conseguidas, y el tono menor de una aventura que excede a los encargados de llevarla a cabo, tan apegados a las pequeñas dimensiones de los clientes pescadores, ayuda a completar esta visión agridulce que me parece a mí que deja la película, algo así como una ocasión perdida, teniendo en la mano los cuatro ases de un póker.