En el umbral del misterio: una película
poética donde naufraga la poesía: Paterson,
de Jarmusch,o el misterio de la tautología.
Título original: Paterson
Año: 2016
Duración: 113 min.
País: Estados Unidos
Director: Jim Jarmusch
Guión: Jim Jarmusch
Fotografía: Frederick Elmes
Reparto: Adam Driver, Golshifteh Farahani, Kara Hayward, Sterling
Jerins, Luis Da Silva Jr., Frank Harts, William Jackson Harper, Jorge Vega,
Trevor Parham, Masatoshi Nagase, Owen Asztalos, Jaden Michael, Chasten Harmon,
Brian McCarthy.
Vaya por delante que un
exceso de expectativas ha influido lo suyo en la decepción final con que he
salido de la contemplación de una película poética donde, como señalo en el
título, lo que naufraga es la propia poesía, vulgarizada hasta la extenuación,
democratizada y, feliz hallazgo del designio de los dioses, literalmente
desgarrada con la incisividad de quien se erige en tribunal insobornable
de lo bello, y perdóneseme que empiece por el final, pero se ha de haber
recorrido un viaje interminable de hora y tres cuartos para llegar a un final
en el que se acaba entendiendo un desenlace que, a mi juicio, bien pudiera
haber sido el inicio de la película, con la finalidad de recuperar la verdadera
dimensión de la inanidad perdida, aunque eso hubiera sido, evidentemente, “mi”
película, no la de Jarmusch, y yo he venido aquí, obviamente, a hablar de “su” película.
Paterson tiene todos los ingredientes
para repetir un éxito indiscutible como Flores rotas, y Jarmusch los filma con
una elegancia y una estilización que, a través de la puesta en escena, sobre
todo en la casa de la pareja y en los recorridos urbanos por la ciudad de
Paterson, lo acercan a la verdadera poesía de la imagen, como las secuencias de
la ciudad reflejada en el parabrisas del autobús que conduce el protagonista
con tan rigurosa repetición de sus actos que cualquier innovación supone algo
así como la irrupción de la anarquía en el mundo perfecto, que el protagonista
confunde con la poesía, en vez de con las ideas, si nos atenemos a Platón. El
propio Platón, por cierto, que defiende, como motor poético, lo que él llama la
“cuarta locura”, la “manía” o “furor” poético, al que tan ajeno vive el
protagonista poeta y conductor de autobuses (recordemos, incidentalmente, que el
gran padre de la poesía usamericana, Walt Withman, lo fue durante un tiempo,
supliendo a un amigo enfermo). El único espacio en el que la repetición
adquiere la forma de innovación constante es en el de la casa del protagonista.
Su mujer, con veleidosas aspiraciones artísticas, las manifiesta en la
decoración, la moda, la pastelería y, finalmente, en la música, actividades que
se plantea como vías de acceso a un futuro “estrellato” en el que verse,
finalmente, realizada. Ambos artistas se ensalzan mutuamente, que es la
condición primera de la mediocridad, y están convencidos de la trascendencia de
sus respectivas artes, o de sus innatas capacidades artísticas. La película ha
de “leerse” con dos claves básicas para poder acceder a entender el porqué de
una película semejante: el sueño de la mujer del protagonista, que ha soñado
que tenía gemelos, y el triángulo que forma la pareja protagonista con Marvin,
el perro que “preside” sus días, facilita el hábito “aventurero” nocturno del
protagonista y, finalmente, se erige en instancia justiciera de las pretensiones
poéticas del protagonista. Apenas he leído crítica que repare en la importancia
del papel de Marvin, a quien la mujer del protagonista se dirige propiamente
como al amor de su vida, como al ser cuya importancia está un escalón por
encima de su propia pareja. La posición de privilegio que ocupa el perro en la
vivienda, en el sillón orejero, y, más tarde, en la mesa, ocupando el sitio que
ocupa habitualmente el marido, como ella se encarga de recalcar, son mensajes
inequívocos de la importancia de ese perro en la película, ¡como para pasarlo por
alto! La solución del misterio del poste
del buzón inclinado, obra “vengativa” del perro, abunda en la importancia de esa
dirección hermenéutica. No hará mucho vi una película, Nunca es demasiado tarde (Still
Life), de Uberto Pasolini, con la que me parece que esta de Jarmusch tiene
muchos puntos de contacto, al menos por lo que hace a la fe ciega en el
cumplimiento exacto de la repetición como fuente consoladora del sentido de la
existencia. Paterson en Paterson es
algo así como una repetición inevitable que se convierte, en el desarrollo de
la película, en una tautología, del mismo modo que muchos personajes con los
que se encuentra el protagonista son gemelos idénticos. El protagonista está
convencido de que esa tautología se inscribe, poéticamente, en las anotaciones
-me cuesta lo mío llamarles poemas…- que escribe con un voluntarismo trascendente
sobre cuya ridiculez acabará juzgando su rival en el trío familiar. Ese acto
justiciero, que puede revelar la crítica sutil y compasiva del director hacia
el sucedáneo de la verdadera poesía, viene, por efecto colateral, a demostrar
que incluso lo antipoético es capaz de darle sentido a una vida, como demuestra
el poético final del encuentro del lector japonés de Williams Carlos Williams,
poeta usamericano y autor de un celebrado poema que lleva por título Paterson, quien, en ese largo poema
épico que acabo de leer, pretende describir a
man like a city, un hombre al que describe sniffing the trees,/ just another
dog/ among a lot of dogs. What/ else is
there? And to do?, cita que me viene pintiparada para abonar mi
interpretación, basada en la importancia del perro como “tercero” de una relación
que, a mi juicio, tiene bastante más de naíf que de poético. De hecho, si Paterson es esa “maravilla” que a tantos
les parece serlo, Requisitos para ser una
persona normal, de Leticia Dolera, deberían de considerarla poco menos que
como una joya indiscutible, que lo es, by
the way. Me temo que en el juicio
crítico sobre la película no acaba de deslindarse bien el fenómeno de la poesía
propia de la película, ¡mayúscula e impactante!, del juego “sobre” la poesía a
partir de la tautología de la repetición como requisito de la identidad, que es
lo que “vive”, en el estricto sentido biológico, el protagonista, al que la desaparición
física del cuaderno donde escribe su obra lo deja literalmente tullido, y
emocionalmente aniquilado. No se concibe a sí mismo sin su actividad poética,
como no se concibe sin el resto de las rutinas que conforman su existencia y le
dan sentido. El regalo del poeta japonés, admirador de Williams Carlos Williams,
un cuaderno con las hojas en blanco, tiene un carácter simbólico que no le
puede pasar desapercibido a nadie. Es lo que le va a permitir “reemprender” su
vida discreta, humilde, parte del latido de Paterson, la ciudad, parte del
poema épico de Williams Carlos Williams, un elemento sin el que la ciudad puede
acabar disolviéndose en la insignificancia, en el sinsentido, como cuando una
avería interrumpe el recorrido cotidiano de su autobús y todos cuantos se relacionan
con él le dicen que podría haber saltado por los aires como una bomba, porque,
de hecho, la interrupción del ritmo cotidiano de la existencia de la ciudad es
una auténtica y peligrosa deflagración. Más allá de la propia película, cuya
morosidad, unida a la concepción exageradamente naíf de los protagonistas la
lastra irremediablemente -¡nada que ver con la lentitud majestuosa y solemne de
Sólo los amantes sobreviven!-, hay en
la poesía de Williams Carlos Williams, referente sin el cual resulta bastante
más difícil acercarse al sentido último de la película a un espectador no
usamericano, un afán de hallar un lengua poético que exprese la americanidad,
algo así como la versión poética del The Making
of Americans (Ser norteamericanos)
de la prosa de Gertrude Stein. Paterson en Paterson
es, en última instancia, la constatación de que el todo poético de la ciudad
engulle las metódicas vidas de sus habitantes, sean o no poetas, transformándolos
en latidos del pulso poético que la anima, la ciudad, el gran corazón de la
vida corriente. Lo anodino de las vivencias que conforman la vida de los
protagonistas, el perro incluido, son prueba inequívoca de esa usamericanidad,
vidas muy alejadas de la espectacularidad que nos llega a través de la propia
industria cinematográfica y que nada tienen que ver con el pulso cotidiano de
una pequeña ciudad en la que se vive más en clave de comedia que de tragedia, y
la prueba de ello es el “incidente” del bar -un amante rechazado amenaza con
matar a su amada o matarse él- que, desde la perspectiva de esa industria, se
hubiera resuelto en tragedia. De hecho, la sola posibilidad de que algo así pudiera
haber ocurrido, basta para conmocionar al protagonista, sacándolo de los
confortables esquemas de su vida tautológica. Paterson no es, a mi entender, un “canto” a la poesía de lo
sencillo, de “las pequeñas cosas”, de la “vida corriente”, sino el intento,
afortunado estéticamente -malogrado narrativamente-, de traducir
cinematográficamente el poema Paterson
de Williams Carlos Williams, algo que se aprecia allá donde el lector se remita del texto a la película: Say it! No ideas but in things. Air/ Paterson has gone away/ to rest and write. Inside the bus one sees/ his thoughts sitting and standing. His/ thoughts alight and scatter...








