lunes, 11 de diciembre de 2023

«Cautivos del terror», de Andrew L. Stone o no hay golpe perfecto.



Del inconveniente de las bandas con lerdos y los padres con agallas…

 

Título original: Cry Terror!

Año: 1958

Duración: 96 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Andrew L. Stone

Guion: Andrew L. Stone

Reparto: James Mason; Inger Stevens; Rod Steiger; Neville Brand; Angie Dickinson; Kenneth Tobey; Jack Klugman; Jack Kruschen; Carleton Young; Barney Phillips; Harlan Warde; Edward Hinton; Chet Huntley; Roy Neal; Jonathan Hole.

Música: Howard Jackson

Fotografía: Walter Strenge (B&W)

 

          Andrew L. Stone pertenece al selecto club de los directores todoterreno muy competentes, pero sin la chispa del genio que los hace subir en el escalafón terrible de los cinéfilos. De él hay en este Ojo comentadas dos películas de muy buen ver, Asesinato a la orden y Trampa de acero, y acometo ahora la crítica de la última que he visto, Cautivos del terror, una monumental película de serie B que ocupa un relevante lugar, sin embargo, en la serie A a la que, por el reparto de campanillas, pertenece. Que en la misma película compartan cartel James Mason, Rod Steiger, Inger Stevens y Angie Dickinson es toda una declaración de intenciones.

          La película da bastante más de lo que en apariencia promete cuando arranca, y la historia, salvo algunas torpezas de guion, se desarrolla en un crescendo que se ve con satisfacción, a lo que contribuyen las actuaciones estelares de quienes han hecho maravillosas películas.

          Un anónimo recibido en una compañía aérea, alertando de que hay una bomba en uno de los aviones, moviliza a los directivos, pero también a la policía, que da credibilidad al anuncio. Se trata de un petardo, propiamente dicho, pero construido con un ingrediente, un material altamente explosivo, capaz de volar un avión con muy poca cantidad. A partir de este momento, la trama se disocia: por un lado, el cerebro de la banda que quiere extorsionar a la compañía aérea secuestra al ingeniero que ha fabricado el explosivo con la promesa de un contrato provechoso para su compañía de explosivos, secuestro que afecta a su mujer, en esos momentos en la casa, y, sin poder evitarlo, a la pequeña hija de ambos, que se suma a los secuestrados, lo que le complica la situación al «cerebro», rodeado de compañeros no demasiado brillantes, y uno de ellos directamente un psicópata. Por otro lado, la policía, en contacto permanente con la compañía aérea, empeñada en descubrir a los autores de la extorsión. Ambas tramas, interesantes por igual, van a converger en el recurso que el jefe de la banda ha ideado para la entrega del dinero: que sea la esposa del ingeniero quien lo recoja en la sede de la compañía aérea y lo lleve a una dirección que la mujer solo conocerá cuando le llegue a través de la emisora interna de la policía.

          La factura estética de la película, con planos medios, panorámicos, lo que permite secuencias en las que hay interesantes desplazamientos en el plano, un blanco y negro no demasiado contrastado y un nervioso desplazamiento en coche de la protagonista para entregar a tiempo el dinero, si no quiere que la banda se «deshaga» del marido y la hija de ambos, son elementos que le dan «empaque» de excelente cine negro a la película, más propiamente de suspense, porque, en habiendo plazos perentorios por medio, se trata de resolver el caso «antes de que pase lo irremediable». Como era de esperar, Rod Sgteiger, en el papel de cerebro-psicópata de la banda está impecable, con su atuendo que lo disfraza como profesor de universidad, y sin apenas una palabra más alta que otra. La banda ya es otra cosa, y el expresidiario que necesita colocarse con Benzedrina, y al que se le encarga vigilar a la esposa, dando por descontado que se cobrará, también, el servicio en especie sexual, es uno de los puntos más flojos del guion, aunque cumple el cometido requerido, por supuesto.

          En la medida en que la historia no deja de ser una versión más del golpe perfecto, se presta una atención especial a la estrategia montada por el cerebro de la banda para conseguir hacerse con el dinero sin que la esposa del ingeniero que hace de intermediaria sea seguida y consiga llegar al punto de cita a la hora convenida. El derroche de medios para conseguir el suspense, camión atravesado en la carretera incluido, o equivocación forzada por otro, al coger la salida hacia Nueva Jersey, generan esa tensión que aún se vera reforzada por el intento del ingeniero de aprovechar un momento de calma en la vigilancia de los secuestradores para, descolgándose por el ascensor, conseguir avisar a la policía de su paradero. De algún modo, hay en esas escenas un recuerdo de la muy reciente Rififí, de Jules Dassin, aunque la calidad de esta está a años luz de la presente, por más que se trate de una película que me ha sorprendido gratamente, porque progresa de forma muy satisfactoria hacia la tensión que ha de dominar cualquier historia en la que el suspense sea parte esencial. De hecho, la tensión, recae más del lado de Inger Stevens que del de Mason, aunque ambos se refuerzan mutuamente, a distancia, y se mantiene hasta una persecución final en el túnel del metro muy pero que muy digna.

          Sorprende, curiosamente, que el botín, casi pase a un segundo plano, como si el plan fuera conseguirlo, pero no estuviera fijado cómo acabar, limpia y rápidamente con los testigos indeseables que se revuelven contra ese destino que intuyen con toda la fuerza que los padres desarrollan en la circunstancia dramática en que han de velar por la prole, en este caso por la hija.

          Insisto, estéticamente, la película está muy conseguida; narrativamente, mantiene la tensión hasta el desenlace, y las interpretaciones le confieren un plus del que carecería si hubiera sido una producción B. Merece una oportunidad, desde luego.

«Nanook, el esquimal», de Robert J. Flaherty, el gran documentalista de «Hombres de Aran».


 

La vida inclemente de los inuit en un territorio extremo o los 101 años de una película inmortal

 

Título original: Nanook of the North

Año: 1922

Duración: 79 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Robert J. Flaherty

Guion: Robert J. Flaherty

Reparto: Documental

Fotografía: Robert J. Flaherty (B&W).

 

          Vaya por delante que a los inuit, plural de inuk, «hombre», no les gusta que los llamen «esquimales», pues esta voz significa «que comen carne cruda», aunque esto es un hecho a que obliga su modo de vida en una zona del mundo cuyas condiciones son de la más extrema adversidad. Robert J. Flaherty debutó en el género del documental con esta película que lo tuvo por único y exclusivo artífice, porque, de hecho, Flaherty era un viajero, pero con cámara al hombro. Cuando descubrió a los inuit no tardó en darse cuenta de que registrar en imágenes la vida de una familia escogida acaso al azar, como muestra fehaciente de un modo de vida tan exótico como puede serlo el de las tribus perdidas en el Amazonas o en Papúa-Nueva Guinea, aunque cada vez son menos las que no han entrado en contacto con nuestra «civilización» que todo lo arrasa y tan poco respeta, era una forma de preservar para el mundo una forma de vida extraña y alejada totalmente de la nuestra, sobre todo porque nosotros aspiramos a la abundancia, e incluso al derroche, y los inuit viven en la total austeridad.

          Aunque no estamos en los momentos aurorales del nuevo arte, el documental es sumamente rudimentario, lo cual no impide que Flaherty, con su sentido innato de la composición y el sabio contraste entre el plano panorámico y el primer plano, haya conseguido una auténtica obra de arte que obliga al espectador a la contemplación asombrada de la vida de los inuit, de sus famosos iglús, cuya construcción sigue la cámara con la misma avaricia arquitectónica con la que nosotros la contemplamos, de la captura de las morsas —la épica lucha colectiva de un grupo de pescadores contra un animal de dos toneladas de peso…—, del gobierno de sus perros y de las dificultades que plantean las luchas entre ellos, en las que meterse puede redundar en un serio inconveniente, aunque, mediante el látigo se haya de intervenir para recomponer la paz que permita la tracción.

          Flaherty nos muestra distintos momentos de la vida de la familia escogida, cuyo gran cazador aparece destacado frente a la cámara al comienzo de la misma. Desde el llamativo transporte de toda la familia en el interior de una canoa, de la que van saliendo uno tras otro en una escena que parece una invención del cine cómico, hasta la precisa e ingeniosa construcción del iglú, como lugar de refugio en las expediciones cinegéticas, Flaherty nos muestra el comercio de pieles con que los avispados canadienses los explotan por cuchillos, bagatelas y comida a la que no están acostumbrados, dada su dieta de carne cruda, que consumen, por cierto, nada más capturado el animal, mezclando la abundante grasa con las vetas magras…, y se adentra en pos de ellos hasta terrenos donde no solían llegar sino exploradores o los propios inuit, cuyas costumbres insólitas Flaherty ha captado con asombrosa naturalidad. Es obvio que no son actores, pero no es menos cierto que en ningún momento parece que la cámara los intimide, y actúan ante ella con total desparpajo, aun cuando refleje momentos tan íntimos como el despertar, tras dormir desnudos entre las pieles con que se abrigan, teniendo en cuenta que con una temperatura exterior de -30º, en el interior pueden alcanzarse los +15º.

          El seguimiento de los cazadores con los trineos por los parajes helados tiene secuencias de gran belleza; del mismo modo que es muy afortunada la secuencia de la pesca o los juegos con el mini arco del hijo pequeño al que se instruye, desde tan pequeño, en el arte de la caza. A mí, particularmente, me ha llamado poderosamente la atención el conflicto entre los perros «alfa» y la fiereza de esos animales capaces de aguantar las tremendas temperaturas del Ártico fuera del iglú, aunque Nanook construye un iglú pequeñito para un cachorro que va con ellos.

          El documental no fue obra de unos días concretos en un viaje, sino fruto de varios viajes, lo que permitió a Flaherty llevar consigo positivadores del negativo para que la familia pudiera contemplar sus andanzas cinematográficas. Podemos imaginarnos cuál sería la reacción de los inuit al verse ¡vivos! en la pantalla, a partir de la graciosa escena en que ante un gramófono, buscan en el sucinto mueble dónde se esconde la persona diminuta que canta…

          Todo en el documental está al servicio de un conocimiento lo más aproximado posible a la realidad, y, desde esa perspectiva, las propias personas de la familia, con las caras castigadas por fríos inhumanos y soles de multiplicado reflejo, son una muestra antropológica de primerísima importancia. Son como son, de una naturaleza ajustada al medio más hostil que imaginarse pueda, un pueblo que se extiende por todo el norte del continente desde Groenlandia hasta Alaska.

          Se le ha reprochado a Flaherty que «el primer documental de la historia del cine» incluyera una suerte de dramatización mínima, lo         que vendría a traicionar la esencia misma del género: ser el ojo que ve sin implicación ninguna en lo contemplado. Demasiado rigor purista me parece semejante crítica. Confraternizar con Nanook y convencerlo para prestarse al proyecto del rodaje de escenas de la supuesta vida familiar —la mujer de Nanook era en realidad la amante inuk de Flaherty—bien pagado está con las fantásticas imágenes que consigue Flaherty en esa naturaleza agresiva en la que probablemente rindan sus vidas los inuits como le sucedió, al parecer, al propio Nanook. Que el cine, sea documental o no, es montaje e invención a través de la imagen, sustancia el debate sobre la adecuación o no al género en cuestión. Recordemos que el cine nace con la salida de los obreros de una fábrica…

            A título personal, siempre recordaré que mi iniciación en la cinefilia está relacionado con dos obras maestras: Hombres de Aran y Avaricia, de Erich von Stroheim. Hombres de Aran, rodada en las islas próximas a Galway, en Irlanda, y a las que miré con avidez desde los célebres acantilados, los Moher —visita obligada para los turistas—, porque me pasaban por la mente escenas de aquella vida durísima de los pescadores y esforzados agricultores de una isla diríase que maldita, y tan agreste, a su manera, como el desierto de hielo de los inuit.

 

domingo, 10 de diciembre de 2023

«Carancho», de Pablo Trapero, o el «thriller» social.

En la Argentina preMilei, una lucha a muerte por esquilmar a las aseguradoras a través de los accidentados: la pequeña mafia argentina defendiendo «su» territorio.

 

Título original: Carancho

Año: 2010

Duración: 107 min.

País: Argentina

Dirección: Pablo Trapero

Guion: Alejandro Fadel, Martín Mauregui, Santiago Mitre, Pablo Trapero

Reparto: Ricardo Darín; Martina Gusman;  Carlos Weber; José Luis Arias; Darío Valenzuela; Loren Acuña; Gabriel Almirón; José Manuel Espeche; Federico Silva; Graciana Chironi; Susana Varela; Federico Esquerro; Hector Bordoni; José María Rivara; Isidora ;  Roberto Artiagoitía; Pablo Trapero; Pablo Galarza; Roberto Maciel; Rocío Robles; Martín Trapero; Carmen Chironi.

Fotografía: Julián Apezteguia.

 

          Carancho, título metafórico, es un ave rapaz y define a la perfección el trabajo de ciertos abogados que sobrevuelan hospitales y funerarias a la búsqueda y captura de infelices accidentados a los que arrancarles un poder notarial para representarlos ante las aseguradoras y asegurarse, ellos, un botín suculento. La historia narra la vida de uno de esos caranchos que, llegado un momento, cree que está en condiciones de establecerse por su cuenta, ignorando, curiosamente, que el jefe para el que trabaja, a pesar de su aparente blandenguería, es un mafioso sin escrúpulos dispuesto a lo que sea, literalmente, a lo que sea, para defender su negocio del intrusismo ajeno, y más aún si el «invasor» trabajaba antes para él.

          Sí, es una historia de perdedores, y se cruza en ella una historia de amor con la doctora que hace el servicio de noche en una compañía de ambulancias y en un hospital, un pluriempleo al que sobrevive gracias a la droga. Que dos almas solitarias se reconozcan y se atraigan es historia vieja como el mundo, pero va a depender mucho de la interpretación de los protagonistas la verosimilitud y la capacidad de seducir al espectador. Darín es una garantía de solvencia y, la para mí desconocida, Martina Gusman le da la réplica perfecta para formar una especie de pareja delictiva que les permita sobrevivir a una red mafiosa, policía incluida, que va a condicionar sus pasos hacia la relativa independencia profesional.

          Se trata de una historia en apariencia de poca monta, pero que va creciendo a medida que la violencia extrema aparece en las relaciones del «carancho» que quiere volar solo y su antiguo bufete. Para el espectador español, lo significativo es la degradación de la sanidad, de los espacios y, en general, la de la sociedad miserable que, por unas u otras peleas o accidentes, acaba llegando a un más que precario servicio de urgencia hospitalario sin medios suficientes para hacer frente a según qué situaciones. Ese contexto degradado y terrible, ¡que casi parece explicar por sí mismo la victoria de Milei en las últimas elecciones presidenciales!, no nos aparta de los altibajos de la relación entre el carancho y la doctora, que pasa de la posibilidad de una relación romántica al descubrimiento de la «sucia» actividad del imposible galán, dada su caracterización, que ha aparecido en su vida, máxime cuando, orquestando un accidente para expoliar a una aseguradora, una escena que me ha traído a la memoria la novela El callejón de los milagros, de Mahfuz, el pretendido accidente acaba teniendo un desenlace mortal.

          Tras la elipsis que marca su distanciamiento, el reencuentro entre ellos coincide con la aparición de la violencia, que no la excluye a ella. Ahí sí, la complicidad de ambos da un paso decisivo y la película deriva de la crítica social al thriller brioso y oscuro, un género que Trapero domina con mano firme. Si a ello se suma que gran parte de la película transcurre de noche, el turno de trabajo de la doctora y el del ave rapaz a la caza de las víctimas a las que representar en pleitos a las aseguradoras en los tribunales, está claro el tono oscuro, tenebroso, de esta historia de perdedores en el contexto de la decadencia económica de una sociedad tan mal gobernada desde hace tanto tiempo. No es una mirada complaciente, la de Trapero, más allá de la denuncia de las pequeñas mafias locales que dominan ciertos territorios a los que les sacan sus buenos réditos, y prueba de ella es la sumisión de los damnificados a la sobrerrepresentación de los abogados, incluso para cobrar el dinero de los afectados a fin de repartirles las migajas sobrantes de sus innobles pleitos.

          En la medida en que el género deriva al thriller de tipo mafioso, Trapero rueda con dureza y expresividad la violencia inherente al mismo, y consigue escenas de mucho mérito, y a ello contribuye el maquillaje y la degradación personal paralela de ambos protagonistas, quienes acaban viendo en el otro una tabla de salvación para enderezar sus vidas, sometidas a la explotación y al abuso de poder, como es lo propio de sociedades donde brillan por su ausencia los controles democráticos mínimos. No hay sociedad que se libre de las mafias ni de la delincuencia aficionada, pero la visión que se nos da en una película de lo que ha de hacer una doctora en medicina para malvivir con trabajos como el suyo va más allá, creo, del caso personal. En todo caso, se trata de una película que rehúye la complacencia y la comedia sentimental, género en el que podría haber caído, a poco que el guion se hubiera edulcorado cinco o seis terrones más…, y es de agradecer, aunque a ciertos espectadores sensibles les pueda parecer excesiva, pero nunca gratuita, la dura violencia que se muestra.

viernes, 8 de diciembre de 2023

«El crítico», de Juan Zavala y Javier Morales Pérez o la veda abierta.

 


Lost in translation desde el idiolecto crítico personalísimo e incomparable: Carlos Boyero en la larga hora de los adioses…

 

Título original: El crítico

Año: 2022

Duración: 80 min.

País: España

Dirección: Juan Zavala, Javier Morales Pérez

Guion: Juan Zavala, Javier Morales Pérez

Reparto: Carlos Boyero: Fernando Trueba; Antonio Resines; Icíar Bollaín; Álex de la Iglesia: Antonio de la Torre; Luis Tosar; Pepa Blanes; María Guerra;Borja Hermoso; Marta Medina; Beatriz Martínez; Nuria Vidal; Jesús Ruiz Mantilla; Andrea Morán; Carles Francino; Enrique González Macho; Enrique López Lavigne; Manuel Martín Cuenca; Elio Castro; Domingo Corral; Blanca Portillo; José Luis Rebordinos; Oti Rodríguez Marchante;

M. Torreiro; Pedro Vallín; Nacho Vigalondo; Antonio Lucas; Antonio Hernández; Miguel Marías.

Música: Carlos Martín

Fotografía: Eduardo Mangada.

 

          Se ha de reconocer que hay no poco de atrevimiento en el hecho de hacer un documental sobre un crítico de cine y de la vida social en general como lo es Carlos Boyero, que sustituyó en El País al exquisito Ángel Fernández Santos, un pretendido intelectual de la crítica. Boyero es todo lo contrario, un espectador aparentemente «sencillo» cuyos criterios críticos no radican en profundos estudios de la Historia del Cine en todas sus vertientes, y especialmente en las técnicas de realización, sino en la subjetivísima conexión emocional con lo que le cuentan desde la pantalla, y de ahí la radicalidad de sus afectos y desafectos críticos, si bien son más conocidos estos últimos que los primeros. No lo niego, a Boyero este crítico anónimo lo lee con la transparente intención de saber si se ha dormido en la proyección, si se ha salido de la sala o, si la película es de Almodóvar, con qué adjetivos va a descalificar el amaneramiento melodramático del director manchego, región en la que se cocinan unas migas con uvas extraordinarias…

          La vida de Boyero, dado que él es el crítico estrella no solo de El País, sino también de la Ser, donde ha consolidado un amplio grupo de seguidores, sale ahora a la luz con este documental en el que él habla sin tapujos sobre sus momentos dramáticos, oscuros, adictivos y también sobre sus éxitos, el mayor de los cuales es que le paguen por escribir sobre las películas que ve, algo que le sigue pareciendo un prodigio, ¡y lo es! A Fernando Trueba, que lo conoció en el primer años de universidad, y a quien le llamó la atención encontrarse con alguien «más feo que yo» dice en el documental, sino también su caudal de lecturas y de visionados, amén de la decidida voluntad de no querer hacer nada en la vida, y, en cierto modo, su condición de crítico tan bien remunerado es haberlo conseguido, dado que ver películas y escribir sobre ellas, tan libremente como él lo hace, es lo más parecido a su pretensión juvenil de no hacer nada en la vida. Boyero desarrolla ante sus interlocutores una visión nada complaciente de sí mismo y, al tiempo, con un insobornable sentido del humor que se va volviendo más negro a medida que avanza el metraje. Se sabe una especie en peligro de extinción, y su cena con Oti Marchante tiene todo el aire de los viejos funerales y las despedidas agridulces. Con ellos desaparece, frente a los y sobre todo las críticas que aparecen como la otra cara de la profesión, un modo de entender la vida y el cine que son ya, a estas alturas de nuestra degradación social, incompatibles con casi todo. Papel muy destacado tiene en el repaso biográfico la campaña que los directores Erice y Almodóvar iniciaron contra él para conseguir apearlo de su tribuna todopoderosa de El País, uno de esos cainismos propios de nuestra mediocre vida cultural, en la que el sectarismo y la adulación al Poder político causan estragos. Si algo define a Boyero, a través del documental, es su amor al ejercicio e la libertad, sin la cual no podría sobrevivir ni escribir cuanto escribe, y pensemos que, sin haber pretendido convertirse en un provocador, es lo cierto que sus críticas y artículos han puesto el dedo en la llaga de muchos narcisismos desbocados y no pocas mediocridades engalanadas de oropel. Sí, son los suyos una variante del «juicio sumarísimo», pero tiene a su favor que ha desarrollado una capacidad de ejercerlo a lo largo de muchas décadas viéndolo todo y leyéndolo todo.

          El documental se ha hecho con motivo de su última visita al Festival de Cine de San Sebastián, y su presencia en él recuerda al protagonista de Lost in Translation, de Sofia Coppola, y, por la parte de su desconexión cibernética, al crítico gastronómico de la célebre serie argentina Nada, de Cohn y Duprat, con quien pueden rastreársele, acaso, más coincidencias, pero el documental no entra en su vida íntima del día a día.

          A este crítico le ha sorprendido el encono con que otros críticos, sin popularidad ninguna, pero con más aires que los de Picos de Europa, arremeten contra Boyero, con mejores y con peores modos, considerando su figura y sus métodos críticos como una «anomalía» de la que deberíamos «desprendernos» cuanto antes. Los creadores, como Bollaín, Álex de la Iglesia o Antonio Hernández se toman con mayor deportividad las «salidas» de Boyero, como si estuvieran en el ajo de una singularidad irreductible y muy personal a la que se ha de respetar profundamente.

          El documental está muy bien construido y permite que aparezcan todas las miradas sobre el crítico, las que lo ensalzan y las que lo desmitifican; pero si hay un relato de interés, ese no es otro que el de la juventud y sus amistades, cuando aparece un joven neopunk tahúr y nihilista a quien cuesta reconocer en las fotos de entonces, junto a Trueba, Resines, Ladoire y otros. Más adelante, cuando se entroniza como crítico, su amistad con Gasset y otros, como marchante, tiene ese encanto de la camaradería masculina de las películas de Ford. La excepción en este caso es la de Miguel Marías, cuyo reproche tiene un fundamento teórico innegable: Boyero jamás explica teóricamente por qué no le gustan o le gustan las películas que critica. A posteriori, caigo en que es verdad que Boyero jamás apareció en el programa de José Luis Garci, ¡Qué grande es el cine!, donde el aficionado y/o crítico podía seguir disertaciones excepcionales no solo de Marías, sino de Torres-Dulce, Giménez Rico, Méndez Leite o Juan Miguel Lamet, casi todos ellos enciclopedias vivientes del séptimo arte.

           Boyero, sobre todo en la radio, ha sabido construir su propio personaje con una excéntrica habilidad que le ha granjeado el prestigio o el desprestigio que tiene, según sea la fuente que se consulte.

          A mí, personalmente, no me seduce como crítico, pero reconozco lo certero de su intuición. Peca de voluble, es cierto, e influyen mucho en él las circunstancias del visionado. No obstante, también le he visto reconocer sus errores y volver a ver películas en las que no había visto nada positivo para descubrir sus valores, una vez que alguna amistad le había llamado la atención sobre la incomprensible de su reacción. La humildad propia de los elegidos corre a la par de su acentuada soberbia, pero, en conjunto, y en su caso, consiguen hacer de él una persona cercana y, según y cómo, entrañable.

          Hay algo de western crepuscular en el retrato de Boyero, una suerte de último mohicano de la crítica que defiende su posición de privilegio con comentarios acerados, pero que se sabe «especie a extinguir». Con admirados ojos contemplamos los planos frente a cámara en los que, con risilla socarrona, se pregunta cómo es posible que sus críticas puedan afectar tanto, negativa o positivamente a ciertos destinatarios. Boyero reivindica su libertad, y en eso es un ejemplo para cualquier crítico, porque acaso nadie como él sepa representar con tanto decoro la cólera del español sentado…  

«Cuando pasan las cigüeñas» y «La carta que nunca fue enviada», de Mihhail Kalatozov; «Yo paseo por Moscú», de Georgi Danelitya; «Bienvenidos, o prohibida la entrada a los extraños», de Elem Klimov; «Un rapto a la caucasiana», de Leonid Gaidai; «Caballeros de fortuna», de Aleksandr Seryj; «Ven y mira», de Elem Klimov o tres lustros (de cultura no ministerial…) de cine soviético.

 

Título original: Letyat zhuravli

Año:1957

Duración: 94 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Mikhail Kalatozov

Guion: Viktor Rozov. Obra: Viktor Rozov

Reparto:  Tatiana Samojlova; Aleksey Batalov; Vasiliy Merkurev; Konstantin Nikitin; Svetlana Kharitonova; Aleksandr Shvorin; Valentin Zubkov; Boris Kokovkin;Antonina Bogdanova.

Música: Moisey Vaynberg

Fotografía: Sergei Urusevsky

 

 





Título original: Neotpravlennoye pismo

Año: 1960

Duración: 97 min.

País:  Unión Soviética (URSS)

Dirección: Mikhail Kalatozov

Guion: Grigori Koltunov, Valeri Osipov, Viktor Rozov

Reparto: Tatiana Samojlova; Innokenti Smoktunovsky; Galina kozhakinma; Vasili Livanov; Yevgenmi Urbansky.

Música: Nikolai Kryukov

Fotografía: Sergei Urusevsky (B&W).

 







Título original: Ya shagayu po Moskve

Año: 1964

Duración: 78 min.

País:  Unión Soviética (URSS)

Dirección: Georgi Daneliya

Guion: Gennadi Shpalikov

Reparto: Nikita Mikhalkov; Aleksei Loktev; Galina Polskikh; Yevgeni Steblov; Arina Alejnikova; Valentina Ananina; S. Besedina; Veronika Vasilyeva; Mariya Vinogradova; N. Likhobabina; Irina Miroshnichenko.

Música: Andrei Petrov
Fotografía: Vadim Yusov (B&W)
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Título original: Dobro pozhalovat, ili postoronnim vkhod vospreshchyon

Año: 1964

Duración: 74 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Elem Klimov

Guion: Semyon Lungin, Ilya Nusinov

Reparto: Evgeni Evstigneev, Arina Alejnikova, Ilya Rutberg, Lidiya Smirnova, Aleksei Smirnov, Nina Shatskaya, Viktor Kosykh, Yuri Bondarenko, Lidiya Volkova, Tatyana Barysheva

Música: Mikael Tariverdiyev, Igor Yakushenko

Fotografía: Anatoli Kuznetsov (B&W).

 






Título original: Kavkazskaya plennitsa, ili Novye priklyucheniya Shurikaaka

Año: 1967

Duración: 82 min.

País:  Unión Soviética (URSS)

Dirección: Leonid Gaidai

Guion: Yakov Kostyukovsky, Moris Slobodskoy, Leonid Gaidai

Reparto: Aleksandr Demyanenko; Natalya Varley; Ruslan Akhmetov; Yuriy Nikulin; Georgiy Vitsin; Evgeniy Morgunov; Vladimir Etush.

Música: Aleksandr Zatsepin.

Fotografía: Konstantin Brovin.

 







Título original: Dzhentlmeny udachi

Año: 1972

Duración: 88 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Aleksandr Seryj

Guion: Georgi Daneliya, Viktoriya Tokareva

Reparto: Evgeni Leonov, Georgiy Vitsin, Radner Muratov, Saveliy Kramarov, Natalya Fateyeva

Música: Gennadiy Gladkov

Fotografía: Georgi Kupriyanov.

 








Título original: Idi i smotri (Come and See)aka

Año: 1985

Duración:136 min.

País: Unión Soviética (URSS)

Dirección: Elem Klimov

Guion: Elem Klimov, Ales Adamovich

Reparto: Alexei Kravchenko; Olga Mironova; Liubomiras Laucevicius; Vladas Bagdonas; Victor Lorents.

Música: Oleg Yanchenko

Fotografía: Aleksei Rodionov.

 

Monográfico sobre algunas muestras de cine soviético a lo largo de algo más de cinco lustros de cine soviético, ese gran desconocido, espigado al azar en Filmin.

 

          No ignoro que quien mucho abarca…, pero he de confesar que tras una primera incursión en al cine soviético posterior a los grandes maestros, a través de la figura de Eldar Ryazanov, me propuse hacer varias calas en ese cine, aprovechando la excepcional oferta de Filmin al respecto. Y llegó el día, finalmente, ahora que he visto, con verdadero interés un buen surtido de estilos diferentes de muy distinta calidad, pero, todas ellas, con un interés, siquiera sea antropológico que incita al visionado de las mismas.

De algún modo, entrar en estas muestras de cine soviético ha sido como poder mirar a través del famoso telón de acero, para descubrir una sociedad y unos seres en modo alguno tan distintos de como la propaganda nos los suele dibujar, de uno y de otro lado del telón, por supuesto.  Con la tradición cinematográfica rusa, no me ha extrañado en absoluto que haya podido ver películas soberbias y otras, comerciales en su ámbito, con «llenos» tan espectaculares como los 65 millones de espectadores de Caballeros de fortuna, la decimosegunda película soviética más vista de la historia y en la que, además del director, Aleksandr Seryj, el también director  Georgi Daneliya tuvo una activísima participación como guionista y director creativo, y de quien aparece en este monográfico una película inspirada directamente en la nouvelle vague, que no complugo a las autoridades, por la figura de un encerador que suplanta a un reputado intelectual para burlarse muy ácidamente de los intentos de un joven escritor por convertir su afición en profesión.

Entrar en la vida cotidiana soviética, en la que el insobornable espíritu crítico y el sentido popular del humor que se ceba en la rigurosa disciplina autoritaria de las instancias gubernamentales son omnipresentes, supone una experiencia única, aunque sea a posteriori y tras la caída estrepitosa de un sistema que por fuerza había de colapsar, porque donde no hay más meritocracia que la adulación al poder poca puede construirse que tenga carácter duradero. Esos alicientes incluyen no pocas señales de la vida cotidiana que «desmienten» la homogeneidad política y cultural soviética, como sucede con la disparatada historia de la película Un rapto a la caucasiana, que implica nada menos que el secuestro de una mujer para casarla con quien ha pagado por ella a su familiar un alto precio, lo que sucede, como en las típicas screwball comedies, a un ritmo de gags de película cómica de cine mudo de los inicios del cine. La película, por cierto, es continuación de otra con los mismos personajes: un antropólogo moscovita, perdido en el folclore y tradiciones del Cáucaso, y un trío cómico inclasificable.

En el arco cronológico que he trazado, desde 1957 hasta 1985, se da la casualidad de hallar en ambos extremos dos películas, una en blanco y negro y la otra en color con idéntico tema: la Segunda Guerra Mundial, un hecho de enorme trascendencia en la historia del pueblo ruso, pero con dos tratamientos muy diferentes, y que marcan, en cierto modo la propia evolución de ese cine ruso: la primera, Cuando pasan las cigüeñas, próxima a los orígenes del primitivo cine mudo y la segunda, Ven y mira, directamente inspirada en cineastas como Tarkovsky, por el uso del color y otros recursos.

Cuando pasan las cigüeñas debería de haberse traducido Cuando pasan las grullas, lo que sí hicieron en inglés, por ejemplo,  porque en la propia película hay una canción alusiva a las grullas y estas vuelan, tanto al principio como al final de la película, por los cielos rusos en perfecta formación, a diferencia de la bandada caótica que forman las cigüeñas. La película aborda la Guerra Mundial desde una perspectiva intimista que acerca la película más al melodrama que al cine bélico. La puesta en escena, la profundidad de campo de los planos y el uso de la geometría espacial por la que desfilan los protagonistas confiere a la película una especificidad cinematográfica singular y bellísima: diríase que muchos de ellos son planos dibujados previamente  con escuadra y cartabón. Dos pudorosos enamorados están a punto de celebrar el cumpleaños de ella cuando estalla la guerra y él, a sus espaldas, se alista como voluntario que ha de salir ese mismo día para el frente. La vida familiar de él, la relación entre ellos y la obligación de cumplir con el deber crean una separación forzada de la que ella se resiente, porque se siente preterida, postergada, muy injustamente. Los planos de masas en la despedida a los tropas, con ella buscándolo a él desesperadamente, son de una osadía extraordinaria, porque se combinan los planos aéreos con los primeros planos y la cámara en mano, lo que crea una suerte de ballet de la fatalidad que volveremos a encontrar en el regreso victorioso de las tropas, al final de la película, cuando ella es capaz de aceptar con solidaria entereza la muerte de su prometido. Por despecho, y por una elipsis que nos deja en la incertidumbre máxima sobre los motivos reales, ella, que ha sufrido el acoso del primo de su prometido que vive con la familia de él, un pianista que ha pagado su exención para no ir al frente, acaba casándose con él, ya digo que inexplicablemente. Nada más empezar la película, cuando ambos amantes se despiden en la escalera de ella, hay un alarde cinematográfico excepcional, porque la cámara sube en espiral acompañando la carrera armoniosa de él por las escaleras para confirmar la cita con ella para el día siguiente: una secuencia maravillosa a la que se le saca total rendimiento estético cuando se mezcla, muy hábilmente, con la otra espiral de la muerte de él en medio de un bosque cuyos altos árboles es lo último que él contempla antes de caer abatido por una bala enemiga. La fusión, en el montaje, de ambos momentos, es uno de los momentos cinematográficos más impactantes de cuanto he visto en esta incursión soviética. Ven y mira, sin embargo, es un acercamiento distinto a los horrores de la guerra, porque el contenido es la destrucción genocida de más de doscientas aldeas bielorrusas que los alemanes quemaron, acabando con todos sus habitantes. Ese horror se materializa ante los ojos incrédulos y espantados de un adolescente que decide incorporarse a la resistencia, aunque su madre intente impedírselo, en escenas muy logradas. La comunión con la naturaleza, en compañía de una joven que se pega a él en su intento de unirse a los resistentes, nos recuerda la reverencia con la que Tarkovsky, por ejemplo, se acerca a ella: la escena de la ducha a partir de los troncos agitados es bellísima. A partir del descubrimiento de la muerte en masa de los aldeanos de la villa donde él vive, su familia, incluida, su madre y dos hermanas gemelas, el desquiciamiento del protagonista sufrirá un crescendo que se suma a los daños del bombardeo que han de aguantar ambos, y que lo deja sordo. El horror va cuajando en los rostros de ambos, pero especialmente en el del joven, que parece envejecer a razón de lustro por día, a juzgar por cómo se le desencajan las facciones y acentúan la desesperación de su trastorno. Cuando está a punto de ser quemado vivo en una aldea tomada por los nazis y logra salvarse, sin que llegue a entender por qué, todo su mundo colapsa y la sucesión de escenas escalofriantes nos hielan la sangre por su verismo y por la orgía de crueldad de los nazis cuyo parangón sería, en la más terrible actualidad, la incursión sangrienta de los terroristas de Hamás en Israel hace pocas semanas. Pocas películas son un clamor tan grande contra el salvajismo de la especie humana como Ven y mira, tan acongojante que al crítico le parece una irreverencia destacar los valores técnicos de la película, aunque son muchos y valiosos. La película de Kalatozov tiene un final humanístico y pacifista que en la de Elem Klimov es imposible de formular, porque la necesidad de una justicia expeditiva, como la que tiene lugar, la necesita el espectador como catarsis de mayo…

          La segunda película de Kalatozov, apenas tres años después de una joya como la primera aquí comentada, que fue Palma de Oro en Cannes, nos ofrece una aventura en la taiga siberiana, donde un grupo de espeleólogos, enviados desde Moscú, ha ido a buscar yacimientos de diamantes. Aunque la película es también en blanco y negro, la belleza de los paisajes, captada por una fotografía muy contrastada y con una selección de los escenarios muy acertada, nos arrebata, tanto cuando la expedición disfruta del buen tiempo como cuando, después de descubrir finalmente un yacimiento, cambia el tiempo y la naturaleza y, de la noche a la mañana, se encuentran ante la gran adversidad de un incendio que los acorrala y que se lleva por delante a uno de los miembros de la expedición, el que se había insinuado a la pareja del geólogo más joven, y, más adelante, por la llegada de los fríos polares contra los que resulta casi imposible sobrevivir. La lucha contra la adversidad de los elementos en un paisaje desolado y totalmente salvaje adopta el tono heroico de la épica, porque el título alude a la larga carta que el jefe de la expedición escribe a su esposa con el ánimo de poder hacérsela llegar antes de regresar, lo cual se vuelve poco menos que una misión imposible. Las relaciones entre los miembros de la expedición marca solo hasta cierto punto el interés de la película, porque los cuatro aparecen como un equipo de científicos al servicio de los logros del sistema político que recibe con hipérboles patrióticas su descubrimiento. No son pocas las películas que hacen de la lucha del ser humano contra la naturaleza su tema central; esta es una de ellas, y tenemos la suerte, además, de volver a contemplar la brillante actuación de la protagonista de Cuando pasan las cigüeñas, Tatiana Samojlova, una actriz con poderosos registros interpretativos y unos primeros planos muy sugestivos. La película avanza en función de las bajas en la expedición, de modo que todo hace prever que, finalmente, la naturaleza acabará imponiendo su ley terrible, frente a la que la especie humana es la más frágil caña imaginable, por mucho que piense.

          La última película de este monográfico, Ven y mira, es de Elem Klimov un cineasta incómodo para el Régimen, pero la cuarta es su debut cinematográfico: Bienvenidos, o prohibida la entrada a los extraños. Se trata de una obra maestra del humor y del optimismo. Es curiosa la semejanza entre las dos potencias políticas en cuanto a la importancia social de los campamentos para jóvenes en edad escolar, un espacio y un tiempo de excepcional importancia en la biografía de muchos ciudadanos de ambos países. Pensemos en las escenas del campamento de Tú a Boston y yo a California, de David Swift, por ejemplo, y estaremos en condiciones de imaginar el campamento soviético adonde llegan los niños para una estancia en la que el día señalado será la visita de los padres, para los que se organiza un día de actividades a las que también asistirá el representante de la Administración, que es a quien el riguroso director quiero complacer. No digo que pensemos en Moonrise Kingdom, de Wes Anderson, porque supone ya una variación sobre el género inaccesible para un director soviético en 1964, pero está clara la inequívoca actitud transgresora del director, quien, por cierto, jamás asistió de niño a uno de esos campamentos en los que imperaba un régimen casi militar. La anécdota que sirve de motivo dinámico de la acción es la expulsión de un díscolo niño que ha incumplido las órdenes de ir nadando hasta una isla cercana donde se relaciona con niños de la localidad. El padre lo deja en la estación con el billete para ir a casa de su abuela y la criatura se representa en unas desternillantes secuencias el recibimiento de la abuela, su muerte súbita, al enterarse de la deshonra de haber sido expulsado, y el entierro correspondiente. Decide, en consecuencia, ahorrarse esa realidad y vuelve al campamento para entrar clandestinamente y refugiarse bajo la plataforma cerrada desde donde el director lanza sus discursos civicopatrióticos. Descubierto por sus compañeros, se organiza la protección y la alimentación del joven rebelde como una misión sagrada, lo que da pie a un sinfín de secuencias humorísticas de muy alto voltaje, porque las actuaciones de los niños, y sobre todo las niñas bailongas y coquetas, son prodigiosas. El ritmo in crescendo de la situación tiene un control tan medido como en las mejores comedias de Wilder, y sí, hay una apoteosis final durante la fiesta de los padres que deja un sabor de boca estupendo incluso al más exigente de los espectadores. Todas las películas que he visto, por una u otra razón, son interesantes, pero las de Klimov y Kalozotov, las cuatro, me parecen grandísimas películas que deberían ser más conocidas y vistas.

          Yo paseo por Moscú, es una copia afortunada del cine francés de moda en aquellos días, la nouvelle vague. Danelitya escoge la figura de un joven escritor que quiere visitar a uno consagrado para intentar abrirse camino y acaba juntándose con un minero que sale de su turno de trabajo y que se convierte en cicerone del joven de «provincias» que quiere triunfar en la capital. Es verano y las relaciones personales parecen fluir desde una solidaridad afectiva que hace la vida, en apariencia, muy fácil. Sobre ese tapiz de civismo y armonía, se escribirán algunas historias que complicarán la jornada de los cuatro jóvenes alrededor de los cuales gira la acción desenfadada de un amigo del minero que ha de pedir una prórroga militar para poder casarse, un enlace que dará mucho juego, por las peleas de los novios. La seducción en grupo de una joven de una tienda de discos, una secuencia resuelta con tanta gracia como naturalidad, sumará al grupo a la joven, iniciándose una soterrada competición entre el minero y el escritor por conseguir los favores de la atención de la joven. Estamos en la época del aperturismo de Nikita Jruschov, que dura un sexenio, y ese aire liberal emanado desde el gobierno se aprecia en una película en la que la ciudad de Moscú tiene un gran protagonismo. Para el espectador occidental sin acceso, en términos generales, y salvo excepciones, al cine ruso, contemplar una película como esta es como mirar por el ojo de la cerradura cómo vivían los soviéticos en aquellos años, y hay episodios, como el del ladrón en la comisaría que está resuelto en la mejor clave de comedia, porque el humor es universal, aunque nos riamos de cosas muy distintas en unos u otros países. De hecho, no falta ni una canción, cantada por el protagonista, al más puro estilo Jacques Demy, una melodía pegadiza que se convirtió en un éxito popular en la URSS. ¡Una exaltación vital magnífica!

          Un rapto a la caucasiana y, sobre todo, Caballeros de fortuna son  dos muestras del cine de humor dentro de la revolución en dos formas expresivas muy distintas, como lo demuestra el hecho de que, en la segunda, actuara uno de los cómicos más sobresalientes de Rusia, Evgeni Leonov, y, como dije con anterioridad, llegara a la cifra de 65 millones de espectadores, algo fuera de toda medida para cualquier película del resto de Europa de aquellos años. Un rapto a la caucasiana explora, a su manera, el cine étnico, porque un antropólogo viaja de Moscú a la región para documentarse sobre el folclore caucásico. Ello permite ver una forma de vida «meridional» cuyos valores chocan con los ortodoxos de la estricta ética soviética. El protagonista, interpretado por Aleksandr Demyanenko, viene a ser, por su caracterización física, torpeza, ingenuidad y candor, una copia del personaje habitual de Jerry Lewis, y va metiéndose en todos los charcos habidos y por haber, hasta que lo usan para raptar a una muchacha cuyo tío la ha vendido a un rico de la zona por un buen número de ovejas. Todo transcurre dentro del género de las comedias alocadas y con un especial recuerdo a las películas mudas del humor usamericano. De hecho, en una de las secuencias, la «banda» de malhechores tiene habilitada una sala de baile donde se enseña a bailar el Twist, lo que prueba el enorme interés con que los soviéticos han seguido siempre la evolución de las modas en su tradicional enemigo. Los disparates son tantos y de tal naturaleza que la película acaba haciéndose simpática a pesar de ellos y de haber de soportar al protagonista. El trío de malhechores, algo así como los Dalton del cómic, sí que dan pie a algún gag de mayor envergadura, lo que permite el lucimiento de la secuestrada, por supuesta, quien es recibida en su tierra natal como una heroína del deporte, algo así, como el modelo de la «nueva mujer rusa».

          Caballeros de fortuna tiene mucha más entidad y una realización clásica que contribuye a la solidez fílmica del relato. La trama juega con el tema del doble. Se inicia con el robo del yelmo de Carlomagno, encontrado en unas excavaciones y continúa con la detención de la banda que no confiesa dónde han escondido la pieza arqueológica y es encarcelada en presidios diferentes, por un lado, el cabecilla; y por el otro, sus dos esbirros. Un profesor de parvulario, bastante entrado en años, que aún vive con su madre, quien lo trata como si aun fuera un escolar, resulta ser idéntico al jefe de la banda. Esa es la razón por la que la policía se dirige a él para que, con el entrenamiento pertinente se convierta en el jefe que se presente en la prisión de los esbirros y les sonsaque el paradero del yelmo. La historia es ingeniosa y está muy bien desarrollada, no solo por la situación inicial, sino porque a lo largo del metraje, el profesor entrará en conocimiento de unos seres humanos de vidas desgraciadas muy distintas de la suya, y a quienes ha de atemorizar, dentro de su papel, para conseguir su objetivo. La imposibilidad de delatarse, aunque esté siempre en conexión estrecha con las autoridades, los lleva a vivir situaciones cómicas y degradantes, como la de la huida de la prisión en una cisterna en la que se llevan los excrementos del pozo ciego, por ejemplo. A medida que avanza la trama, las relaciones humanas se van adensando y hay verdaderos diálogos muy dignos de mérito. Tan estupenda es la película, que me extraña que los usamericanos no hayan hecho una versión a su estilo, porque es muy posible, de hacerla bien, que fuera un exitazo de taquilla, dado que la presente no es muy conocida. Como parte de la trama transcurre en la Navidad, sorprende, sociológicamente, que aparezca un  personaje “El abuelo frío” (Ded Moroz, en ruso), que les trae regalos a los compañeros de huida. No es difícil sospechar el desarrollo de la historia, porque llegará un momento en que el original y el impostor habrán de verse las caras frente a frente, pero eso lo dejo al libre capricho de los espectadores a los que haya podido convencer para ver una comedia de hechuras clásicas, con excelentes interpretaciones y momentos de humor tan excelentes como el momento en que el impostor ha de hacerse valer en el interior de la prisión, antes de darse a conocer a sus compinches. El prodigioso actor que encarna los dos papeles consigue una interpretación exquisita y convincente, lo cual contribuye enormemente a reforzar nuestro interés por cómo se desarrollará la historia. Poco a poco, a medida que van cambiando de casa y buscando el modo de dar con el paradero del yelmo en Moscú, la película nos muestra un pedazo de vida de la realidad soviética que no nos resulta ni tan ajena ni tan incomprensible como siempre hemos tenido la sensación, en Occidente, de que era. Ni siquiera una revolución como la soviética puede, al cabo, transformar de arriba abajo una sociedad como la rusa, tan tradicional, además. En definitiva, que quienes en estos tiempos navideños quieran disfrutar de una película alusiva novedosa, inteligente y divertida, aquí tienen la mejor opción. Счастливого Рождества!