miércoles, 13 de abril de 2022

«Noche en la Tierra», de Jim Jarmusch, una maravilla.

El latido del tiempo y la soledad cuando la noche los atrapa en un taxi…

 

Título original:  Night on Earth

Año: 1991

Duración: 128 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: Jim Jarmusch

Guion: Jim Jarmusch

Música: Tom Waits

Fotografía: Frederick Elmes

Reparto: Winona Ryder, Giancarlo Esposito, Gena Rowlands, Armin Mueller-Stahl, Rosie Pérez, Roberto Benigni, Béatrice Dalle, Matti Pellonpää, Isaach de Bankole, Paolo Bonacelli, Kari Väänänen, Tomi Salmela, Sakari Kuosmanen, Lisanne Falk, Richard Boes, Stéphane Boucher, Emile Abossolo M'bo, Pascal Nzonzi, Jaakko Talaskivi.

 

         Una idea sencilla, una fotografía deslumbrante y un guion perfectamente estructurado dan como resultado una película de obligado visionado, aunque en su momento me venciera la pereza y no intuyera que en una historia tan sencilla pudiera caber tanto arte y tanta maravilla, pero es lo que tiene la avalancha de estrenos: siempre se te escapan joyas a las que, ¡afortunadamente también!, siempre puedes volver. Ese es hoy el caso de Noche en la Tierra, de Jim Jarmusch, un autor del que, sin embargo, no suelo perderme casi nada, aunque unas me gusten más que otras, por supuesto. Me emociona tomar la decisión de visitar los prejuicios del pasado y reconocerme totalmente equivocado, porque ayer tuve la oportunidad de quedarme estupefacto ante una película que bien podía confundirse con la moda italiana de las películas de mediometrajes, tan frecuentes en los años 60, y hasta 70, del siglo pasado, pero la unidad estilística, formal, de Noche sobre la Tierra, la dota de una suerte de hilo conductor tempoespacial que acaba dando sentido al encadenamiento de situaciones que parten siempre de la misma situación: un viaje en taxi en noches tan distintas como las de Los Ángeles, Nueva York, París, Roma o Helsinki.

         Lo que la película recoge es una maravillosa travesía espacial nocturna  por esos lugares en los que se excluye lo turístico en aras de lo cotidiano, excepto que, como en el caso de Roma, salgan al paso del taxi, monumentos omnipresentes como el Coliseo. Las tomas casi estáticas de los enclaves ciudadanos, con iluminaciones muy cuidadas y una fotografía llena de calidez y de misterio, tienen una función protagonista inequívoca. La selección de exteriores ha sido, sin lugar a duda, una de las grandes tareas artísticas de la película, porque esos espacios, fotografiados de esa exquisita manera, son, a mi entender, el alma de la película sobre la que se adhieren unas historias de personajes que, frente a ella, casi podría decirse que «palidecen». No es una indagación en la profesión del taxista, o de los pasajeros, sino un intento perfeccionista de captar un latido existencial en un momento concreto de lugares precisos.

         Las diferentes historias que reclaman nuestra atención son muy diversas, desde la desigual figura de la taxista de una espléndida Gena Rowlands, una Winona Ryder que no acaba de dar el papel de joven apasionada de la mecánica a la que en modo alguno tienta la oferta de la agente a la que lleva en su coche, pasando por un Giancarlo Esposito jovencísimo, mucho antes de triunfar en Breaking Bad, de Vince Gilligan, quien forma una pareja extraordinaria con Armin Mueller-Stahl, un inmigrante que no se aclara con el taxi automático y a quien el pasajero acaba llevando a su propio destino para enseñarle cómo ha de hacerlo, destaca una travesía excepcional por el París nocturno con una pasajera ciega impagablemente interpretada por Béatrice Dalle, sin olvidar el disparate continuo de un taxista romano interpretado por el siempre excesivo Roberto Benigni quien sube a su coche a un cura a quien le narra un recuento de sus relaciones eróticas vegeto-bestiales-adúlteras que…, bueno, ya lo verán, porque en esa travesía sí que Benigni lo domina todo, y acabando en la helada ciudad de Helsinki con tres pasajeros borrachos con quienes acaba intercambiando el taxista confidencias muy íntimas sobre su frustrada paternidad.

         Cada una de esas travesías nos permite conocer pasajeros muy diversos, pero, sobre todo, taxistas que van desde la insulsez de la Ryder, hasta la comicidad extrema de Benigni, en una composición que, a su manera, prefigura la del taxista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Almodóvar, pasando por la tensa presencia del conductor de Costa de marfil en la noche de París, hasta el sufrimiento casi metafísico del taxista de Helsinki, una parte que parece que va a continuar la comicidad de la anterior, pero que, tras el gag inicial, el taxi llega hasta donde esperan tres amigos borrachos y dormidos, sosteniéndose unos a otros en pie, por lo que el taxista toca la bocina y despierta a dos de ellos, quienes, al enderezarse, dejan caer al que sostenían en el centro, que la ha cogido de campeonato. Es el único momento puntualmente cómico, porque en el resto del metraje de esa parte el drama se enseñoreará del habitáculo, muy al modo como los nórdicos saben vivir las tragedias, y todo ello en una ciudad cubierta de nieve y de frío, en la atmósfera y en las almas de los alcohólicos trasnochadores.

         Lo que está claro es que cada ciudad tiene una personalidad perfectamente captada por Jarmusch con un mimo que hace de esta película una suerte de modelo para fotografiar una ciudad de modo que se capte su esencia. Aficionado como soy al turismo fotográfico de la arquitectura, del urbanismo y de los comercios de las ciudades, reconozco que Noche sobre la Tierra es un festival de emociones fotográficas que, más allá de cada una de las historias, de los taxistas y sus pasajeros, se bastaría para complacer a cualquier aficionado al cine. Frederick Elmes es un consumado artista que ha trabajado sobre todo con directores del llamado cine independiente usamericano, y ahí está su participación en películas como Cabeza borradora y, sobre todo, Blue Velvet, o la más comercial, Tormenta de nieve, de Ang Lee, es decir, un crédito magnífico, algo que agradecerá cualquier espectador, porque la iluminación de algunas tomas roza la perfección.

         Tuvo cierto éxito, al menos entre los muy aficionados, en su momento, pero puedo garantizar, a los que sean meramente aficionados, sin mayor énfasis, que pasarán un rato estupendo con una película ingeniosa, divertida y bellísima.

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