viernes, 8 de abril de 2022

«Así habla el amor», de John Cassavetes, una visión personalísima de la comedia romántica.



Una parodia romántica que se le va de las manos a Cassavetes hacia lo mejor de su cine independiente.

 


Título original:  Minnie and Moskowitz

Año: 1971

Duración: 114 min.

País:  Estados Unidos

Dirección: John Cassavetes

Guion: John Cassavetes

Música: Bo Harwood

Fotografía: Alric Edens, Michael D. Margulies, Arthur J. Ornitz

Reparto: Gena Rowlands, Seymour Cassel, Val Avery, Timothy Carey, Katherine Cassavetes, John Cassavetes.

 

         ¡Menuda coincidencia! Acabo de criticar una vuelta de tuerca de la comedia romántica, filmada por Eleanor Coppola, y me encuentro con esta película de Cassavetes que me faltaba por ver,  en su relativamente corta obra, después de haber abandonado, quizás a las primeras de cambio, puede ser, la visión de Un hombre en apuros, sobre la que, acaso algún día, con más paciencia, vuelva. Dejando de lado la estética tan marcada de su producción independiente, habitualmente en blanco y negro, Cassavetes acepta dirigir una propuesta de Universal Pictures en la que un personaje desclasado y sin ambiciones, encarnado por el hippie Seymour Cassel, acaba conociendo a una romántica pero madura empleada de un museo que espera la llegada del amor definitivo que salga de la pantalla del cine para encontrarse con ella, una vez que su violento amante, tras un intento de suicidio de su esposa, la abandona. De ese encuentro fortuito nacerá una relación fortalecida por los desencuentros que irá estrechándose poco a poco.

         Confieso que se ha de tener valor para «aceptar» como protagonista a un aparcacoches de restaurante, hippie ya ligeramente trasnochado en ese momento, a pesar de estar a solo tres años de la pasada eclosión del flower power que conmocionó al mundo y se decantó, políticamente, por su objeción masiva a la Guerra del Viet-Nam, una de las pocas que ha perdido Usamérica; lo digo porque la espontaneidad excesiva de Seymour, que lo lleva a meterse en constantes problemas, dada su extrema sociabilidad, es uno de los ejes de la simple acción dramática de la película: chico conoce chica que no lo soporta y, sin embargo, él, enamorado hasta el tuétano, lucha contra la adversidad (su ignorancia, sus rudas maneras, su estética trasnochada y su fealdad indiscutible) para conquistarla.

         La película en modo alguno tiene un título tan cursi como este que le han puesto los distribuidores, sino el único posible: Minnie & Moscowitz, un nombre y un apellido que, si el difícil romance triunfara, se convertiría en el nuevo nombre, de casada, de ella. Del juego conceptual ya me encargo yo: Minnie Moore, casi More, «más», ella; y Seymour, casi See More, «ver más», él. A partir de ahí, está claro que mucho me libraré de avanzar a los espectadores el final de esa tensa relación imposible.

         Tras la acaso algo larga presentación de Seymour, uno de esos perdedores extrañamente felices con su suerte, dada su carencia casi absoluta de ambiciones, y tras haber levantado la ceja con todo el poder de estiramiento que tiene la sospecha del aficionado curtido en mil y una batallas de celuloide, la película da un giro sorprendente y acompaña a dos viejas amigas sin pareja, aficionadas al cine, que, a falta de algo sólido con que entretener el estómago, acaban abriendo una botella de vino que propicia una patética secuencia de confidencias sobre la soledad y la falta de amor que es de lo mejorcito que le he visto nunca a Cassavetes. La conclusión, hecha desde dentro de la industria cinematográfica, resuena como una bomba nuclear: «El cine nos engaña», porque promete siempre un príncipe azul que nunca acaba de llegar o que, como veremos después, cuando llega, como decía Argensola del cielo, «ni es cielo ni es azul». De hecho, la secuencia acaba con el descenso de la protagonista hacia el taxi que la espera por una empinada escalera por la que está a punto, de puro achispada, de caer rodando. El infierno no es otro que el amante que la espera en casa, quien, al verla así, lo primero que hace es abofetearla con una violencia solo propia de un psicópata. ¿Y quién desempeña tan ingrato papel? Pues nada menos que el propio John Cassavetes, en uno de esos papeles de demente en los que se especializó como actor y que solía bordar, como en Doce del patíbulo, de Robert Aldrich o el perverso refinado de La semilla del diablo, de Polanski.

         Tras confirmarle que la deja, por el intento de suicidio de su mujer, que ha involucrado a sus hijos, asistimos a ese momento de transición hasta que ambos personajes se encuentren, lo que sucede cuando Minnie acepta ir a comer con una cita que le ha buscado su colega del Museo. Y eso, que podría, narrativamente, no haber ido más allá de una secuencia de transición, un mero dar pie para que Minnie y Seymour se encuentren, se convierte, con la aparición de Val Avery en el papel de un hombre condenado a no gustarle a ninguna mujer, a pesar de ser rico, en una secuencia casi tan maravillosa como la de las dos colegas hablando de su soledad y el desamor entre sorbo y sorbo de vino. El monólogo del «triunfador» sin éxito en el amor, declamado con una pasión confidencial a voz en grito en un restaurante lleno, y que Minnie aguanta desde el otro lado de unas espectaculares gafas negras que le cubren casi todo el rostro, es otro de los grandes momentos de una comedia a la que, ¡mira tú por dónde!, le crecen los enanos del drama cuando el espectador menos lo espera. ¡Y eso sí que es «marca de la casa Cassavetes»! Tras la frialdad con que Minnie recibe la proposición de su cita, y tras perder esta los estribos, Seymour interviene en la escena y acaba agrediendo al acompañante de Minnie y rescatándola a ella.

         Entonces comienza de verdad la película que, ahora sí, va a acentuar el lado amable de una «comedia romántica» que hasta ese momento no había tenido nada de una cosa ni de la otra. Insisto, el recelo de la protagonista frente a Seymour es el propio de los espectadores, quienes conocen de él más de lo que conoce la protagonista y pueden, en consecuencia, intuir que estamos ante el viejo tópico del agua y el aceite o el de la velocidad y el tocino. ¿Lo bueno de esta tercera parte de la película? Pues que vamos a ir de sorpresa en sorpresa, hasta llegar a la de una cena que se merece, por derecho propio, entrar en la antología de las mejores secuencias de comedia jamás filmadas. Cabe añadir que la escena la protagonizan dos actrices espectaculares de la «cuadra» Casavettes, la madre del director, , Katherine Cassavetes, y la madre de la protagonista, Lady Rowlands. Todos los actores que intervienen en la película son de los habituales suyos, lo que confiere a esta producción, en la que «inocentemente» los de la Universal pensaron para competir con Easy Rider, de Dennis Hoper, todo el aire de los productos indi, que se dice ahora, de un director que jamás fue ni quiso ser «comercial».

         Está claro que no desvelo cómo evoluciona la mezcla explosiva de dos caracteres tan distintos, pero sí les aseguro a los espectadores que, si vencen el rechazo que el protagonista consigue que se sienta hacia él, disfrutarán como ya habían disfrutado con anterioridad en las dos primeras partes de la película. Ya verán que motivos no les faltan para ello.


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