martes, 12 de abril de 2022

«El glorioso caos de la vida», de Shannon Murphy un debut brillante.

Sobre el cáncer, el microcosmos familiar  y el deseo en la adolescencia. 

Título original: Babyteeth

Año: 2019

Duración: 120 min.

País:  Australia

Dirección: Shannon Murphy

Guion: Rita Kalnejais

Música: Amanda Brown

Fotografía: Andrew Commis

Reparto: Eliza Scanlen, Toby Wallace, Ben Mendelsohn, Essie Davis, Andrea Demetriades, Emily Barclay, Justin Smith, Charles Grounds, Arka Das, Jack Yabsley, Priscilla Doueihy, Eugene Gilfedder, Georgina Symes, Michelle Lotters, Zack Grech, Quentin Yung, Tyrone Mafohla, Jaga Yap, Sora Wakaki, Edward Lau, Renee Billing.

 

         Formada en la escuela de las series televisivas, Shannon Murphy hizo su debut en el largo con esta obra tan pésimamente titulada en español, cuando era bien fácil traducir literalmente la metáfora del título original: Diente de leche, porque la historia de la película gira en torno a una adolescente enferma de cáncer, a la que le han de aplicar quimio, con la consiguiente caída del cabello, que tiene una muy particular relación con sus padres, un psiquiatra y una madre medicada para su particular trastorno mental. A mí, particularmente, el cine australiano siempre me llama la atención por la espectacularidad de sus paisajes, un valor en sí mismos, pero, en esta ocasión, la trama se centra en una familia a la que llega un desconocido disruptivo a través de la hija, con quien establece una singular relación a medio camino entre la amistad y el afecto. La diferencia de edad entre ellos convierte la relación en algo muy delicado, porque ella es menor, aunque no tardamos en advertir  en la joven una singular madurez, asociada, sin duda, a la perspectiva terminal de un cáncer contra el que parece luchar en vano. El conocimiento del joven lo hace en el andén del tren que la lleva de su casa al colegio. El joven la ayuda cuando ella tiene una hemorragia nasal y, a partir de ese momento, él ve la posibilidad de «explotar» esa relación, entrando en la casa de ella y robar, sobre todo medicamentos con los que poder drogarse, porque está enganchado a ellos, y como el padre es psiquiatra y la madre se medica, se da de bruces, sin comerlo ni beberlo, con una farmacia a su disposición.

         La película es un retrato de cuatro caracteres muy diferentes que acaban conviviendo sin que desaparezcan ni los recelos ni los temores, a lo que contribuye la presencia ciertamente agresiva de un joven que, a su vez, tiene un serio drama familiar, pues es rechazado por su madre, quien le prohíbe que vea a su hermano para que no lo arrastre a ese inframundo de la drogadicción y la errancia, sin oficio ni beneficio. A la joven, que brilló en su interpretación en la última versión de Mujercitas, la de Greta Gerwig, que está más cerca de su padre que de su madre, algo bien común en muchas familias, la idea de introducir en su casa a un joven cuya sola presencia supone un desafío total a la nada ordenada vida de los padres le confiere una vitalidad que choca con el deterioro físico que se va apoderando de ella. Estamos, pues, ante un proceso de superprotección: hija única, adolescente y afectada por un cáncer que, mediada la película, se revela que está ya en fase terminal.

         Los ingredientes de la película parecen abonar un planteamiento orientado hacia la tragedia, y sin duda esta está presente en todo momento en el desarrollo, pero el guion incluye muchos momentos propios de comedia, sobre todo por el desafío al que antes me refería y por cómo va evolucionando la relación de los padres con el «intruso» de quien no se fían lo más mínimo, aunque, al mismo tiempo, observan que su presencia junto a su hija parece hacer revivir a esta, conferirle una vitalidad con la que ambos cónyuges se sienten complacidos y aliviados, dada la carga de angustia terrible por el estado de su hija con la que han de convivir  y que tiene a la madre adicta a los ansiolíticos.

         Aunque se trata, propiamente, de una obra de interiores, la mansión de los padres es un espacio que habilita una multitud de planos y puesta en escena lo suficientemente ricos como para que la narración no se nos vuelva claustrofóbica. Con todo, las «salidas», tanto el recorrido nocturno de ella como la salida a la playa, alivian ese dominio de interiores que, en el caso de la fiesta a la que acuden juntos, presenta, además, una puesta en escena muy distinta de los escenarios anteriores, tan llamativa como estupendamente rodada.

         Si el psiquiatra tiene una tímida aventura con la vecina embarazada, la historia de la madre y el músico que enseña violín a su hija, y que fue el acompañante de ella cuando se dedicaba profesionalmente a la música, revela un pasado emocional conflictivo que no parece operativo en el presente, como lo prueba una turbadora escena introductoria de la pareja, con la mujer en el diván y el psiquiatra atendiendo a las necesidades sexuales de ella casi como si fuera parte de la terapia, y todo ello sin saber el espectador que son un matrimonio.

         El «caos» de la adaptación del título al castellano tiene que ver con lo que ya el lector perspicaz habrá intuido: la difícil convivencia de unos padres que a duras penas se entienden entre ellos y poco o nada con una hija que no soporta ni la ultraprotección ni la compasión ni vivir esa «diferencia» terrible de la enfermedad que no solo marca, sino que condena. A ese efecto, es casi desgarradora la escena de la amiga del colegio que, en los lavabos, le pide a la protagonista que le deje la peluca rubia que lleva para ver «cómo le queda», con una frivolidad que choca punzantemente con el drama de la afectada. Pero el «caos» alude también a la irrupción, en ese desorden emocional de la familia, del «intruso» a quien ha escogido su hija como depositario de su amistad, de su afecto y, finalmente, de su amor. Y esa historia de amor, tan singular, en la que el yonqui se mueve con la curiosa precaución de quien no quiere herir a una adolescente- menor de edad, y no, ciertamente, por temor de los padres, sino por sus propias convicciones éticas; esa historia de amor, digo, es uno de los grandes ejes de la película. No desvelaré su desarrollo, porque se trata de un proceso que incluye varios giros narrativos que han de poder sorprender al espectador para reaccionar, después, convenientemente, frente al desenlace de la historia.

         Teniendo en cuenta la apabullante interpretación de Eliza Scanlen y de Toby Wallace, con la que este último ganó el premio Marcello Mastroianni  en el Festival de Venecia, sería difícil que los espectadores no disfrutaran de esta tragicomedia australiana que confirma a su directora como una realidad, más que como una promesa.

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